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jueves, 14 de junio de 2012

Ámsterdam


Por fin habías acabado el curso y querías hacer un pequeño viaje para desconectar de tanto esfuerzo, pero como siempre el factor económico te limitaba bastante. Echaste alguna ropa en la mochila, el cepillo de dientes y poco más, y te fuiste a la aventura al aeropuerto de Sevilla a ver si había alguna posibilidad de coger alguna ganga.
Una vez visto los vuelos que saldrían en las próximas horas y preguntado los precios y disponibilidad de plaza en sus diversos mostradores, te decidiste por una buenísima oferta de la compañía de bajo coste Ryanair hacia Ámsterdam, con el único inconveniente de que era al aeropuerto de Schipol, que por cierto está situado a 4 metros bajo las aguas del Mar del Norte, en Eindhoven a 70 kilómetros, pero por 75 € ida y vuelta que más querías.

                                                                  
Tenías que resolver dónde dormir, de forma que llamaste a un amigo que recientemente había estado allí y te dio la dirección de un albergue, donde por poco dinero podías dormir, aunque acompañado en la habitación de otras personas de tu mismo sexo.
Bueno, parecía estar todo encarrilado, de forma que llamaste a tu familia para decir que te ibas tres días de viaje y dando vueltas esperaste hasta que saliese el vuelo.
Una vez “encajonado” en el asiento entre un señor mayor y una joven de muy buen aspecto, empezaron las maniobras de despegue. Notaste como la joven de tu lado, que por cierto tenía unos preciosos ojos grises, se ponía blanca y cerraba los puños con mucha crispación, por lo que le preguntaste qué le pasaba.
Te dijo que los aviones la ponían muy tensa y que si te importaba que te diera la mano. Por supuesto que encantado, respondiste, incluso en el momento de iniciar el ascenso la aeronave, se te abrazó al hombro temblado.

                                                            
Una vez aquello se estabilizó, te contó que se llamaba Sofía y que trabajaba en Ámsterdam y que había venido a España a visitar a su familia.
Seguisteis una distendida conversación durante todo el vuelo y tomasteis junto en el aeropuerto el tren que os llevaría a la ciudad sin parar de hablar durante todo el tiempo.
Una vez en el destino, os disteis los teléfonos para salir juntos al día siguiente y tomaste el camino de tu residencia para dejar tus cosas y pagar la cama.
Todo lo que estabas viendo de esta ciudad con su arquitectura de los siglos XVI y XVII te tenía encantado, sobre todo los canales, los tenderetes y la alegría que respirabas por cada rincón de la ciudad.
Tomaste “prestada” una bicicleta de un gran aparcamiento como te habían aconsejado, y después de comprarte un bocado de pescado marinado, te dirigiste al museo de Van Gogh y al Stedelijk Museum, en donde pudiste disfrutar de las obras de Cézanne, Monet, Picasso y Chagall.

                                                              
Era ya anocheciendo cuando te decidiste a dar una vuelta por la “Zona Roja”, famosa por sus luces y por las prostitutas que se exhiben en vitrinas o escaparates para que el posible cliente escoja. Estabas por la calle De Wallen, cuando te pareció que una de aquellas mujeres muy pintadas y en ropas menores te sonreía, y que esos ojos te recordaban a alguien. Empezaste a darle vueltas al coco y al final caíste en que era la muchacha que venía contigo en el avión y que habíais quedado para el día siguiente.
¡Qué corte, dios! ¿En eso trabajaba? Se había quedado más cortado que un kilo de mortadela.
Durmió poco aquella noche, ya sea por los extraños sueños que tuvo relacionados con su amiga Sofía o por la docena de cervezas que se bebió en uno de los “Coffee Shops”.
Eran las 9.30 de la mañana cuando el repiqueteo del teléfono lo sacó de las garras del sueño. Era ella. ¿Qué hacer?
Después de que sonara la tercera vez, descolgó y respondió a la llamada de su amiga:
-Oye ¿Sigue en pié nuestra cita o has cambiado de opinión?, me dijo.
-Bueno sí, es que acabo de despertarme.
-Si te parece, quedamos sobre las 12.00 en el Tropen Coffee, que está en una callecita detrás del Palacio Koninklijk, en la plaza Damm.
-De acuerdo, si no te llamo allí estaré.
-Hasta luego, no me falles.


                                                               
Y con este diálogo se vio comprometido a la cita y aunque en principio no pensaba acudir, allí estaba a las doce.
Se saludaron como si tal cosa, hablaron de cosas intrascendentes, volvieron a coger “prestadas” un par de bicicletas y empezaron un recorrido por la ciudad empezando por el Mercado Flotantes de Flores, el barrio judío, el puerto con su museo marítimo Scheeppreaat Museum, montaron en una barcaza para navegar por los canales y Sofía lo invitó a comer en un pequeño restaurante regido por españoles.
Después de tres ginebras en el postre, ella contó un poco de su vida.
Había estudiado decoración y quería montar su propio negocio en Madrid, por lo que a falta de nada mejor, se propuso trabajar en “eso” hasta juntar el dinero que necesitaba.
La realidad es que a estas alturas de la cita, se planteaba alguna reunión más íntima, pero desistió sin saber muy bien el por qué.
El resto de la tarde y el principio de la noche, lo empleó en beber y fumar con sus nuevos amigos del albergue.
Ya de vuelta a Sevilla y pasado un tiempo, intentó comunicar con Sofía, pero o había cambiado el número de teléfono o simplemente nunca más quiso responder a su llamada.
Le quedaba el sabor de una extraña aventura en la que quizás no supo estar al nivel adecuado.

2 comentarios:

  1. Macho que boligrafo BIC tienes en la mano, es estupendo, espero verte por San Fermin, Besos. Roberto

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  2. Este año me han castigado, pero iremos después sobre el 15. Un beso a todos.

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