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martes, 28 de mayo de 2013

Jodida Bici

Aunque os parezca mentira, no aprendí a montar en bicicleta hasta los dieciocho años, y fue por una apuesta con los amigos lo que me condujo a semejante aventura.
Cada año, íbamos a un pueblo de la Sierra Norte de Sevilla a pasar los veranos. Aquí se celebraba cada año una carrera de bicicletas alrededor del pueblo y yo brabucón, les dije a mis amigos que no sabía pedalear, y ante las risas de todos, salió ese amor propio que me ha perjudicado tanto, y les dije que al año siguiente yo participaría en dicho evento. Más risas, se cruzaron apuestas múltiples y todo quedó pospuesto para el verano siguiente.

                                                     

Ni que decir tiene, que yo me llevé el resto del año primero aprendiendo, que fue rápido, y luego entrenando con las bicicletas de mis amigos hasta que por fin, para mi santo, me regalaron una de segunda mano, pero que estaba nueva, con lo cual continué con mi preparación ya diariamente.
Ya en el pueblo, continué con mi exhaustivo entrenamiento, pero lo hacía casi de tapadillo para dar la campanada, y vaya si la di.
Y por fin llegó tan glorioso día. Yo iba perfectamente uniformado, con zapatos de deportes, medias hasta las rodillas, calzonas blancas, gorra de visera y camiseta roja, haciendo juego con mi máquina de correr.
                                                       


Bueno pues se dio la salida, y aunque yo empecé con mucho ímpetu, poco a poco me fueron alcanzando casi todos y rezagándome, y para colmo los nervios me habían atacado el vientre, y tenía necesidad imperiosa de descargar mis intestinos.
La carrera era dando la vuelta al pueblo cinco veces, de forma que cuando los primeros ciclistas me doblaron la segunda vez, decidí meterme por un caminillo que vi cerca de una curva, pero con tan mala fortuna que caí en una acequia con agua y barro que cruzaba aquel camino.
Cuando me vi sentado en mitad del agua, mi esfínter se aflojó y me hice encima todo lo imaginable. La bicicleta con la rueda delantera echa un ocho y yo en aquel estado ¿Qué hacer?
Me fijé que cerca de donde había caído, había un espantapájaros y decidí robarle los pantalones. Ya los tenía en mi poder, cuando escuché los gritos del dueño de la finca o del guarda, acompañados de piedras que caían cerca hasta que una me impactó en la cabeza haciéndome una pequeña brecha.

                                                       
 
Salí como pude de allí cagado, herido, sucio y con la destrozada bicicleta a hombros. Anduve un trecho de carretera hasta que apareció un coche de la Guardia Civil que me recogió envolviéndome en una manta, y como me vieron con sangre me llevaron al médico, no sin antes preguntarme por mi historia y el por qué olía tan mal.
El doctor, tras curarme la cabeza, me recomendó irme directo a  casa a lavarme, pues los olores que despedía mi cuerpo eran insoportables, pero a la salida mis amigos me estaban esperando con un cachondeo tremendo, pues ya había corrido mi historia por todo el pueblo, con lo que a pesar de mi estado, me llevaron al bar a celebrarlo hasta que me pude escapar para mi casa, donde después de asearme continué de juerga con ellos. Gente muy sana pero muy cabrona.
Después de aquello nunca volví a montar en bicicleta, aunque en el pueblo, a mis espaldas, me llamaban el “cagabici”.


2 comentarios:

  1. Eres más cachondo que la música de los caballitos, frase que se dice en nuestra tierra

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  2. Y eso que ya no soy ni la sombra de lo que fui. Gracias por leerme mis patoserías.

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