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domingo, 21 de mayo de 2017

Se van las sombras

“Parece que empieza a llegar algo de claridad. No tengo ni idea de la hora, pero como ya se me fue el sueño, intuyo que está próxima la mañana. He tenido un bonito sueño seguro, aunque no me acuerdo de qué iba, pero mi despertar está siendo placentero. Qué poco me gustan la oscuridad de la noche, el perder la conciencia, el envolverte en una nada, que aunque necesaria para reponer fuerzas, te convierte casi en un objeto abandonado sobre un mueble llamado cama.”
                                                                    


“Y es que a pesar de la edad, aún me inquietan los ruidos o roces nocturnos, esos  de los que no identifico su procedencia; no es miedo, o sí no se, es la ignorancia a lo desconocido. No, no creo que tenga temor a que entren ladrones en casa, pues hay poco que robar, pero siempre me asusta el desconocimiento del por qué de las cosas, ese crujir de los muebles, raspeaos desconocidos, algún lejano murmullo, y a veces incluso me preocupa el sonido lejano de una sirena, ¿Qué le habrá pasado a esas personas afectadas?.”
                                                                       


“Cuando me acostumbro a la oscuridad del dormitorio, reconozco la sombra de esa puerta del ropero que nunca cierra del todo, algunos cuadros, la bicicleta estática que la tengo casi de adorno, el pequeño destello de una farola de la calle en el espejo, y poco más. Me preocupo cuando al palpar el lado derecho de la enorme cama, no encuentran mis manos el cuerpo de mi amada compañera, que se queda hasta las tantas delante de la tele, viendo a gente discutir, películas o yo que sé.”
                                                                          


“Pero la quiero como es. No le cambiaría ni sus defectos, que alguno tendrá, aunque yo no los veo.”
“Ya empieza a entrar más claridad entre las lamas de la persiana, ya hay menos recelos oscuros en las paredes, y es cuando apoyándome en el codo, me siento en la cama y contemplo la serenidad del bello rostro de mi amada. ¡Dios, cómo la quiero!”
“Por fin veo la hora en el reloj de la mesita y me apetece levantarme ya y empezar el día, pero antes cerraré del todo la persiana y correré las cortinas para crear nuevamente la oscuridad y que ella no se despierte.”

“¡Qué bello se presenta el primer día de la vida que me queda!”

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