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jueves, 4 de abril de 2013

Tu cuello


Como por descuido, sin pensar, con menosprecio al ambiente canalla que dominaba tu presencia, entré en aquel bar donde lo único que destacaba era el cerúleo brillo de tu cuello imperfecto, por culpa de aquel infame paño que enrollabas, como casualmente, para no dejar al aire ese lunar primorosamente esculpido en la sombra de la blancura manifiestamente desafiante.

                                                   


Yo no sabía lo que hacía, de tan atento como estaba a ese cuello de cisne malherido y doliente, por aquellos movimientos inapropiados a los que sometías tu cabeza enmalezada de esos rizos convulsos y tan bien puestos por cualquier peluquero de barrio popular y anodino, pero que con la gracia con que combatías los bucles rabiosamente rebeldes, resultaba de todos modos poco estudiada por espontanea.
Yo, estúpido de mí que iba con alguna copa de más, volví a la realidad enjuta y exuberantemente sexi de ese arco blanquecino, terso y de una perfecta y delicada curva ascendente, del que me enamoré al instante anterior de haberlo sentido, ya que respondieron en mis vellos de punta que no era capaz de controlar.

                                                   


Cómo decir que no recuerdo tu cara, ni las palabras, las pocas palabras que pudimos cruzar en aquella tolvanera de ruido infernal al que llamar música, cuando la verdadera melodía era la de tu desnudo hombro ascendiendo a la perfecta curvatura de la que no era capaz de apartar la atrevida y lujuriosa mirada con que respondía al desafío de las formas.
No sé como salimos de allí sin enturbiar el encanto, la magia o ensoñación de lo que veía o creía vislumbrar  en las sombras de tus hombros, o cómo sin merecerlo acabaste compartiendo lecho con tan atrevido admirador, que sin atreverse a tocarte a pesar de tus deseos, solo miraba, besaba y revesaba tu perfecta curvatura, la blancura perfección de aquel perfecto hombro que jamás se borrará de mis recuerdos.

                                                     
         
Y nos amamos, vaya si no amamos, sin prisas, sin atrevimientos extraños o no deseados a esas dos personas entregadas y rabiosamente pasionales, en que nos convertimos durante el tiempo que tardó en vencernos el cansado sueño al que ya no éramos capaces de oponer resistencia.

                                                     


No me dejaste nada de ti, sólo el recuerdo de tu torso perfectamente escultural, blanquecino y cubierto de besos, de aquellos mis besos con que quería darte las gracias de haberme enamorado de una parte de ti, ya que no recuerdo tu cara, sólo recuerdo mis besos y tu cuello, tu cuello de cisne sin lago, sólo sin  ballet, en quieta escultura de perfección y deseo.
Tu cuello.

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