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miércoles, 10 de abril de 2013

El adiós


Era invierno, el único tiempo en que la inquieta y desapacible Sevilla aplacaba su ardiente entusiasmo.
En plena noche, una luz tenue, apacible, se filtraba a través de un techo de nubes blancas, tras la cual se adivinaba la majestad circular de la luna.

                                                   
 
Desvanecidos los aromas familiares, sólo ascendía el frío y agobiante céfiro del río cercano. En el silencio,  la ciudad parecía diferente, azulada y como muerta, en el fondo del valle que definía al Guadalquivir. Las rocas se aborregaban en las laderas, más allá de las murallas, en alegres copas de los limoneros mustios de  la pena culpable de perder  sus frutos.
En el lado opuesto, se adivinaban las vides salvajes y algunos almendros vestidos tempranamente de claras flores, visibles aún en la penumbra.

                                                    


Te hallabas sentado en la terraza del solitario minarete, esforzándote en desterrar de tu corazón tantos y tantos recuerdos, mientras te sumías en la contemplación de los tejados y azoteas, las solemnes fachadas de las iglesias, las callejuelas desiertas, la quietud de los cercanos campos, la inmovilidad, al fin, de los árboles y el río.
En raras ocasiones reinaba una calma así en  esta Híspalis de desmesuras y desafíos. Porque podía decirse que aquel era el lugar del ruido y del desasosiego. ¡Cuánta gente! Quien pudiera entretenerse y contarla. Decían que había más de medio millón de personas dentro de sus murallas. Una humanidad venida de todas partes, que vendía y compraba una y diez veces, sin señas ni memoria, arrastrada, malqueriente, astuta y azarosa, como suele ser la gente de ninguna parte. Una muchedumbre que ahora dormía, tal vez para olvidar los excesos de las noches de estío, o por puro agotamiento.

                                                     


El cielo se abrió repentinamente sobre la blandura que coronaba las agujas eclesiales al norte, y la luna llena apareció brillantísima en el firmamento rodeada por un blanco anillo de nubes. La brisa fue entonces helada, y se estremeció en su ensueño de la noche sevillana.
Habías renunciado al sueño para encontrarse con la extraordinaria clarividencia que solía regalarle Selene. Necesitabas meditar para ahuyentar la nostalgia, o tal vez se tratara de todo lo contrario y, en el fondo, buscabas en regodearse en esa pena, ese vacío que se apoderaba de ti en este momento de abandonar el lugar preciso y precioso donde habías querido, donde habías descubierto que el amor se escribe con mayúsculas, en donde de tu duro corazón de rechazos y reencuentros, había renacido la innata pasión por esa persona que creías desaparecida y pretenciosa.

                                                   

                                                  
Ya no había vuelta atrás, solo el destierro de las cosas que aunque no te afectaran, te responsabilizaban de aquello cometido por tus ancestros.
Adiós amor, sólo me queda lo nuestro.

En los escalones del Archivo de Indias (Sevilla), a 8 de Abril del 2013

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