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martes, 10 de septiembre de 2013

Santiago "El Travieso"

(Dedicado a mi nieto Santi)

Bueno, pues ya me habían castigado otra vez al cuarto de la siesta a pensar en lo que había hecho. Total, que me había llevado a la guarde mi juguete favorito, mi moto, y Nachito me la quiso quitar, y yo le arreé un bocado por lo que Amaya me metió la bronca.
                                                  


Llevaba ya un ratito pensando en cómo escaparme de allí, por lo que decidí salirme por una ventana baja que se habían olvidado de cerrar, y así con mi moto me fui al parque cercano a tirarme por el tobogán y a pasearme en los columpios, cuando de pronto me vi rodeado por cuatro o cinco perros que me ladraban con caras de pocos amigos.
Tenía miedo de no poder salir de allí, por lo que se me ocurrió subirme a la moto y ya empezaba a coger cierta velocidad, cuando vi que nos elevábamos por encima de los árboles y dejaba a la temida jauría atrás. ¡Mi moto volaba como el caballo de los cuentos de mi hermana Olivia!
                                                       


Aterricé en otro parque donde unos titiriteros estaban haciendo un teatro que me embobó durante un rato y hasta me dijeron que me fuera con ellos, pero yo quería seguir mi aventura en solitario, por lo que me escaqueé después de tirarle del rabo a un pequeño mono que llevaban y de quitarle un plátano que se estaba comiendo.
Nuevamente salí volando en mi vehículo y me dirigí hacia la Ciudadela para ver a los animales que allí había. Me entretuve tirándole piedrecitas (N) a algunos, cuando me vi venir derecho hacia mí un gran gato, que a primera vista confundí con un león y me interpeló diciendo:
 “No le tires piedras a mis compañeros, pues se irán y ya no podrás volver a verlos ni tú, ni todos los niños de Pamplona”. ¡Un gato que hablaba!
                                                   
  

Bueno pero si mi moto volaba, cómo me iba a sorprender porque hablara esta fiera.
No, si ya me iba”, le contesté un poco avergonzado.
Pero el peligro de verdad vino de un policía municipal que había estado observándome y que me preguntó por mis padres, a lo que yo le respondí señalando a una pareja sentada en un banco lejano, hacia donde me dirigí para disimular.
Bueno, ya era hora de regresar antes de que mi padre viniera a buscarme a la guardería, por lo que me fui hacia allí entrando nuevamente por donde había salido.
                                                   


Me amodorré un rato en una de las hamacas cuando vinieron a buscarme, no quedándome claro si mi aventura había sido verdad o todo lo había soñado.
Otro día tenía que volver a escaparme pues me lo había pasado chupi, aunque me dejó perplejo que mi moto no volara en mi casa ni en el parque cercano; lo mismo la debía llevar a que la revisaran.


(N) El abuelo Jose, que también era un poco golfo, le había regalado un tirachinas auténtico y con eso le daba a los animales. Decirlo es de valientes aunque me cargue una bronca.

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