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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Solidaridad, no caridad


Como cada día desde que estaba jubilado, se levantó muy temprano y se dirigió a la cocina a prepararse el primer café de la mañana, dándose cuenta que se había acabado el descafeinado y como sin este brebaje no sabía empezar el día, se vistió para salir a tomarlo a un bar cercano que abrían pronto.

Ya que estaba levantado y había tomado su café, decidió dar un paseo por el barrio. Iba pensando en su hijo, que con la que tenía encima, pero sabiendo que le hacía mucha ilusión le dio dinero para que se comprara la entrada del Betis-Barcelona, pues jugaban el próximo domingo y hacía años que no pisaba un campo de futbol, pues siempre el dinero se necesitaba para cosas esenciales.
                                                                  


Iba ensimismado en esto, cuando observó a una pareja de ancianos que rebuscaban en los contenedores de basura que había en el lateral del supermercado y sintió el impulso irrefrenable de acercarse a ellos para interesarse por sus penurias.

No iban mal vestidos, incluso el hombre llevaba una ajada corbata que seguro conoció mejores tiempos y ella con su pañuelo a la cabeza y abrigo, se veían como una pareja normal de ancianos.

Le dijeron que el dinero de su pensión era para sus hijos que en este momento se habían desplazado a la recolección de la fresa, y que ellos se habían quedado al cuidado de sus dos nietos ya mayorcitos, en quienes gastaban los poquísimos recursos que les quedaban, por lo que cada mañana miraban los contenedores del súper, en donde encontraban cosas caducadas que estaban perfectamente.
                                                                  



Estuvieron hablando un rato sobre los hijos, los nietos y la crisis tan profunda que estábamos pasando, sin trabajo y lo peor es que les faltaba ya ilusión para encarar el futuro de una forma valiente.

Arturo, que así se llamaba mi amigo, lo decidió de inmediato. Sacó el dinero que le dio su hijo para el futbol y se lo entregó a la pareja que no querían aceptarlo, pero después de explicarles que era para una entrada, lo cogieron con lágrimas en los ojos él y un llanto desconsolado la pobre mujer, ya que con eso seguro que tenían hasta que sus hijos volvieran hacia final de mes.
                                                                

 


Mi amigo continuó el paseo contento de lo hecho. Ya se le ocurriría que decirle a su hijo, aunque este no llegó a enterarse de nada, pues su padre se fue al bar de la esquina y vio el partido en la televisión tan ricamente y con la conciencia tranquila pensando en lo que había hecho.

Muchas veces volvió a pasear por los mismos sitios, pero nunca más vio a aquella pareja de ancianos, hasta que un día recibió en su casa un magnífico libro antiguo muy bien conservado con una tarjeta sin dirección que sólo decía “Gracias, amigo”.


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