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domingo, 4 de mayo de 2014

La prueba

Su amor se había cimentado tras unas semanas de salir, seis meses de noviazgo más serio, y un año de vivir juntos.
Así Raquel y Anselmo habían decidido, más por presión familiar que por convencimiento propio, poner fecha a una boda católica con todos los requilorios y festejos añadidos, que las respectivas madres había organizado de común acuerdo, no sin tener que tragar la pareja por muchas cosas que les venían un poco “gordas”.
Decir que la novia era una mujer guapísima, incluso había hecho sus pinitos de modelo antes de acabar la carrera de medicina y colocarse en un buen hospital privado.
Él, creó su propia empresa de consulting empresarial que a pesar de la crisis galopante, marchaba medianamente bien.
                                                                            


Bueno, pues una vez puesto en antecedentes, vayamos al meollo de esta historia, y comenzar por decir que Raquel tenía muchas amigas, pero entre ellas destacaba por su sensualidad y belleza Sonia.
Esta no era ajena a las lascivas miradas que cosechaba de la peña varonil, incluidos los dardos visuales de su amigo Anselmo, y es que parecía que le gustaba llamar la atención, pues ella se preocupaba de ir siempre con ciertas vestimentas y atuendos que rayaban entre la elegancia y el descoque, de tal forma que su también compañera y amiga Raquel, se lo había criticado en muchas ocasiones.
Faltaba apenas dos semanas para el evento, cuando un día recibió el novio una llamada de Sonia, citándolo en su casa para preparar una sorpresa que quería darle a su amiga el día del bodorrio, por lo que quedaron en verse al día siguiente después de comer.
                                                                             


Como se puede suponer, Anselmo iba entre curioso e intranquilo, pues no se imaginaba de qué se trataba, y así llegó a la urbanización y a la casa donde vivía su amiga, que lo recibió en un atuendo más propio de playa o piscina que para la ocasión.
“Por Dios, que buenísima está”, pensó nada más verla.
Se sentaron los dos en el sofá del salón, ya que estaban solos en el chalet, y ya delante de dos Gin-Tonic de su ginebra favorita, aguardó expectante a ver que quería su amiguita.
“Querido, lo que quiero decirte quedará aquí como un secreto entre ambos, que aunque me maten nunca revelaré”.
¿De qué se trata?, preguntó intranquilo.
“Déjame hablar hasta el final, por favor”.
“No creas que soy ajena a las miradas de deseo que me diriges cada vez que nos encontramos, por lo que ya que te vas a casar, quisiera hacerte el regalo especial de acostarnos tú y yo por una única vez, y que los dos olvidemos de inmediato qué ha pasado entre nosotros, de forma que no haya ninguna consecuencia en nuestras vidas.”
Anselmo se quedó paralizado y sin saber que decir mientras ella se quitaba el top que le cubría sus dos perfectísimos senos.
                                                                          


Se levantó y salió corriendo hacia la puerta, y cuando ya casi llegaba al coche, oyó la voz de su novia que lo llamaba: “Anselmo, Anselmo, para...”
Se quedó clavado en el sitio mientras veía como su novia venía a la carrera hacia él, y aún jadeando le dijo:
“Perdoname Anselmo, pero ahora se que verdaderamente estás enamorado de mi y hoy me lo has demostrado. Cariño, esta desconfianza con la prueba a que te he sometido de acuerdo con mi amiga Sonia, me ha hecho ver que mis enfermizos celos estaban totalmente injustificados.”
Se quedo mudo evaluando todo lo que le acababa de pasar, mientras su novia lo abrazaba y lo besaba, y viendo en la puerta por donde salió a la carrera, cómo su amiga Sonia se reía saludándolo con la mano.
Lo que nunca nadie supo, es que él no huía de la aventura, sino que iba por los preservativos que los guardaba en el coche.

En Villanueva del Ariscal, a 4 de Mayo del 2014



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