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miércoles, 21 de enero de 2015

Saudade

Con la mirada dirigida hacia el rincón, pero totalmente desenfocada, pensaba más que veía aquel objeto tan amado en otra época que  parecía tan lejana en el tiempo, aunque el pensamiento no parara de tenerlo tan presente como si estuviera ocurriendo en ese momento.
¿Por qué las cosas, los objetos, se tenían que hacer tan patentes aunque ya hubiesen pasado su momento y ya nunca se volviesen a utilizar?
Utensilios, cachivaches que tenían, que llevaban cual carga esclava  impuesta la presencia de personas que los habían utilizado, ya que sin esto carecían de valor, pues ni tenían alma ni pensaban en el objeto de su utilidad; les era negado su protagonismo separado de las personas.
                                                                    


¡Qué buenos ratos pasados en compañía de familia, amigos, compañeros! Días tan intensamente divertidos que parecía que nunca fuesen a terminar, que aquella diversión cercana a la felicidad nunca se tornaría tristeza.
Horas que comenzaban por la tarde y era ya la mañana del día siguiente y allí seguíamos riéndonos, bebiendo, bailando entre abrazos, besos, insinuaciones y pasiones que comenzaban y acababan antes de empezar, envueltos en momentos intemporales, donde las atolondradas palabras nunca acababan de pronunciarse completas, donde las intenciones y los gestos eran suficiente para el abierto diálogo de los cuerpos.
                                                                      


¡Cómo referirse a ese tiempo como pasado cuando todo lo teníamos tan presente!
Hay ratos, historias que siempre deberían ser notorias, que nunca deberían de pasar al día siguiente, a la hora ni al minuto imaginado como futuro, como si al no nombrarlas como pasadas por negarnos a pasar esa página, ya lo hubiésemos alojado en la realidad de nuestra impensable y onírica vida real.
¡Oh guitarra que ocupas el olvidado hueco de los buenos momentos nunca acabados!
Cuando la prima Ofelia acariciaba la prima y el bordón con sus delicados dedos  que yo envidiaba para que recorrieran mi cuerpo, mis labios y se entretuvieran en apasionados besos, en tiernas caricias en donde las palabras no tuviesen ni lugar, ni este fuera momento de pronunciar ninguna.
                                                                      


Solos al fin tú, yo y el cantarino instrumento, antes de que te fueras sin terminar lo nuestro, pues tampoco quisimos empezarlo por no romper el hechizo de las maneras, de los buenos ratos, de las gratas compañías.
Tan presente estás, que ya siempre seremos dos en mi cuerpo.


En Madrid, a 21 de enero del 2015

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