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jueves, 21 de julio de 2016

¿Justicia o venganza?

Aunque hablábamos a menudo por teléfono, aquel día me rogó encarecidamente que fuera a verlo a su casa, y es que mi amigo Emilio llevaba mucho tiempo enclaustrado debido al cáncer óseo que padecía. Vivía en un caserón antiguo de la calle Trajano en Sevilla, y sólo lo auxiliaba una mujer mayor que lo atendía para todo, de modo que hacia allí me dirigí con una botella de güisqui, que era lo mejor que podía llevarle y de lo poco que no le había quitado la enfermedad.
Lo noté bastante deteriorado con respecto a la última vez que lo visité; era todo huesos y pellejo, y por supuesto aquellas orejas tremendas de siempre y que fueron motivos de mofa entre amigos y compañeros de juventud.
                                                 


Después de hablar de algunas trivialidades y ya agotada nuestra primera copa, se quedó un rato callado, como pensando en lo que me iba a decir.
“Me muero, ya estoy en la prórroga y no quería irme sin despedirme de ti”, me dijo sacando una carta con mucho misterio.
“Te voy a dar este sobre cerrado, para que cuando haya muerto lo abras, lo leas, y decidas que hacer con esa información, que es lo más importante y terrible que me ha pasado en la vida”, y ya no me quiso aclarar nada más, por lo que después de varias copas más y hablar un poco de todo, me marché de su casa con aquel misterio a cuestas, y con la seguridad de que ya no volvería a ver más a mi amigo.
                                                  


Habían pasado sólo un par de semanas de aquello, cuando efectivamente asistí al entierro de Emilio, y apenas volví del sepelio, me quedé mirando un rato la carta de mi amigo sobre el escritorio sin decidirme a abrirla. Pero se lo debía, así que me puse mis lentes y después de rasgar el sobre, empecé a enterarme de aquello.
“Querido compañero: Ya que no existo, te voy a contar el gran secreto de mi vida, y  tú después de enterarte, decide qué hacer con esta información.
No sé si recordarás, que en el colegio al que fuimos juntos yo era el hazmerreír de la clase, por mi apocamiento o la cobardía que se me traducía en timidez, y por mis grandes orejas. Todo el mundo se metía conmigo, pero entre todos destacó Fernando Salmerón Quintana, que aparte de insultos me propinó múltiples palizas, sin que sirvieran de nada las quejas de mis padres a la dirección del colegio. Me tiraba el bocadillo en el retrete, me rompía mis cuadernos, incluso un día en que me robó los libros y yo fui a reclamárselos a su casa, me dio tal paliza que tuve que pasar unos días en el hospital, pero al matón no le pasaba nada, pues su padre era un conocido abogado con muchas influencias políticas, y las denuncias de mis padres no prosperaban, pues nadie le daba importancia a lo que me hacía.
                                                    


Todo este estado de cosas continuó en la universidad, pero lo que me decidió a actuar de forma fulminante sobre el problema, fue que me quitó a la única mujer de la que estuve enamorado y que colmó el vaso de sus fechorías.
Bea y yo éramos novios desde hacía algún tiempo, hasta que este malnacido la encandiló con regalos, paseos en su deportivo, juergas y cenas, llegando al punto de conseguir que cortara conmigo, aunque cuando ya se la llevó a la cama y se cansó de ella, la abandonó cual juguete roto, y además presumía chulescamente con sus acólitos de lo que me había hecho. Al poco tiempo me enteré de que mí querida Bea se había quedado embarazada, pero ya no supe más de ella a pesar de buscarla con ahínco, ya que desapareció del mundo como por ensalmo.
                                                


Yo empecé a darle vueltas a la manera de acabar con este individuo definitivamente, hasta que la ocasión se presentó.
Este capullo vivía en una exclusiva urbanización, pero quiso el destino que en la parcela vecina a su casa estuvieran construyendo una enorme casa y que el aparejador de la obra fuera compañero de mi padre, así que con el pretexto de que estaba haciendo un trabajo de fin de carrera sobre sostenibilidad ambiental, me dio un pase para que pudiese entrar a la obra cuando quisiera, lo que me sirvió para vigilar todas las entradas y salidas del elemento, tejiendo ya un estudiado plan para asesinarlo.
La obra disponía de un cuadro eléctrico para dar energía a todas las maquinas, por lo que una noche me colé en la obra por una zona en que el guarda, bastante borracho, no me podía ver, llevando un cable hasta la puerta metálica y enrejada de la casa de mi odiado enemigo, disimulado por debajo de una fina capa de tierra hasta la esquina lateral inferior de los hierros de la cancela, mojándola concienzudamente, de forma que al entrar este, se electrocutara.
Esto se produjo sobre las tres de la madrugada, por lo que al verlo aparcar su coche a la entrada, conecté el cable, y en el momento de tocar la cancela para abrirla cayó fulminado. Yo desenchufé y tiré del cable para dejarlo enrollado como me lo encontré en la obra, y salí de allí por unos setos que ya me conocía y que me dejaron en un camino vecinal bastante apartado sin cruzarme   con nadie.
                                                  


Al día siguiente, la muerte de mi enemigo salió en todos los medios, sin que nadie tuviera una explicación para lo que había pasado, cerrándose el caso después de algún tiempo sin ningún sospechoso, atribuyéndose todo a un paro cardiaco.
¿Estaba satisfecho y feliz? No. Aquello dejó marcado el resto de mi vida, y no tuve ya ningún momento de paz y tranquilidad, pues a pesar de por todo lo que yo había pasado, me podían los remordimientos.
Esta es mi historia, amigo. Haz con ella lo que quieras.”
Esta es la primera vez que lo cuento, cambiando por supuesto los nombres y algunos datos.

Este asesinato ¿Fue justicia o venganza?

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