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martes, 12 de julio de 2016

¡Viva San Fermín!

Conocían por separado los Sanfermines, pero nunca había ido la “cuadrilla” completa al evento,   y por fin este año habían coincidido todos en Pamplona, los cinco amigos más Sole y María, hermanas de dos de ellos.
                                                                   


De todos, Juan y Álvaro eran los únicos que corrían el encierro; los demás se quedaban acongojados viendo las carreras y deseando que terminara sin percances, para luego dirigirse  a “almorzar” como dictaba la tradición.
                                                                     


A Juan le extrañó, que Álvaro que no era creyente, cada mañana se arrodillara pegando la cara en unos tablones del recorrido en la calle Mercaderes, pero como su amigo después del recogimiento que siempre terminaba con lágrimas en los ojos y besando su medalla no comentaba nada, él no se atrevía a preguntar, hasta que un día ya de noche y ambos bastante “colocados”, por fin se lanzó con las palabras que le quemaban los labios, y después de un rato pensativo su amigo, se le pasó la borrachera al escuchar el relato de este.
                                                                   


“Como sabes, toda mi familia es de Bilbao, y es tradición desde tiempos remotos, que los varones corramos los encierros, aunque yo lo hago sólo de unos años a esta parte, y es que mi padre murió aquí.
                                                                   


Fue en un encierro en el año 1997, y ocurrió que tratando de esquivar los pitones de un velocísimo toro, “Huraño”, que iba el primero, se le echaron encima los demás, cayendo y recibiendo un fortísimo golpe en la cabeza. Fue ingresado en un hospital y dado de alta al poco tiempo sin que se le apreciaran lesiones, pero a los tres meses, empezó a perder la memoria y la conciencia a ratos, incluso empezó con trastornos visuales, por lo que acudimos nuevamente al médico y fue ingresado en un hospital, pero entró a las pocas horas en coma y ya no se pudo hacer nada por su vida.
Por eso antes de cada carrera me recojo en el punto donde cayó y le rezo una plegaria para que me ayude en el encierro”.
                                                                       


El silencio se impuso entre los dos como plegaria a lo acontecido, y ya después de un tiempo que les pareció infinito, se reunieron con los demás, y las copas y más copas, acabaron un poco por sacarles de las tristezas.
                                                                  


Siempre he pensado, que si cada corredor del encierro contara sus trances, percances y apuros, se podría escribir un enorme libro de relatos en primera persona para que se conociera otra de las caras de la misma fiesta.
Pero no perdamos la alegría del momento.

Feliz fiesta a todos, y ¡Viva San Fermín!
                                                                  

                                                   Preparado para ir a la plaza
       
                                                   Mis dos sanfermineros

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