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miércoles, 1 de febrero de 2012

¿Somos iguales?


De todas  las situaciones por las que pasamos los humanos, hay una que a unos agrada más que a otros y que  depende del carácter de cada persona, y esto es la relación o el relacionarse con el sexo opuesto.
Recuerdo de pequeño  cuando acudía al colegio de los Hermanos Maristas, como al salir de clase coincidíamos con  otros colegios, en este caso femeninos de las Irlandesas y Esclavas, viéndonos los unos a los otros como bichos raros, ya que por entonces no se nos mezclaba a niños y niñas en la misma clase, lo que vino mucho más tarde con la democracia en nuestro país. Una más de tantas cosas que nos perdimos los de mi generación, con los miedos al fuego eterno por el pecado que se veía en toda relación entre niños y niñas.


                                                                            
Y la verdad es que aunque no nos atrevíamos a entablar conversación con ellas cuando iban solas o en grupitos, si que nos acercábamos cuando eran las hermanas o primas de alguno de nuestros compañeros, lo que daba pié a nuestras primeras relaciones y a nuestros primeros enamoramientos.
Veo ahora nuevamente como algunos colegios elitistas discuten la conveniencia de que ambos sexos convivan y estudien en las mismas aulas, con el pretexto de algunas teorías opusianas, interesadas en demostrar que el aprovechamiento es mayor en clases segregadas que en la misma para todos, cuando lo que subyace es una obsesión seudoreligiosa y enfermiza por ver lo pecaminoso de estar ambos  sexos en un mismo habitáculo.
                                                                           
Y digo yo, que ya que en cualquier actividad de la vida conviviremos todos juntos, que mejor que la infancia y la juventud se eduquen relacionándose, ya que sería aprender a estar con el diferente  desde pequeños, sin relegar a nadie por condición de creencias, color de piel, nacionalidad, riqueza ni sexo. Sería darle rango de normalidad a lo que ya es normal.
Decían los abuelos al principios del pasado siglo, que “el buen paño en el arca se guarda”, refiriéndose a como las mujeres debían estar encerradas en sus casas sin relacionarse con nadie, dando potestad al padre para dársela en matrimonio al que sus intereses espurios mandara, o sea, igual que lo que hoy criticamos a afganos y demás países árabes cuando obligan a sus mujeres a casarse siendo niñas con viejos, y a salir enterradas en el  burka  de sus casas. Machismo en estado puro, no sólo religión.


                                                                               
Pero lo más curioso y que no deja de asombrarme, es que en muchos casos sean las propias mujeres las que defiendan estas teorías machistas de segregación, cuando ellas mismas se quejan de que en sus empresas les pagan salarios más bajos que a los hombres  realizando igual o superior trabajo, y de cómo la maternidad las tiene apartadas de los canales de promoción interna. ¿En qué quedamos? ¿Para unas cosas el trato debe ser igual y para otras no?
La realidad es que queremos darles a nuestros hijos lo mejor, y hoy por hoy los mejores colegios privados son los de la Iglesia Católica, ya que en estos centros de élites pudientes, sus relaciones presentes y futuras los llevaran al máximo nivel de riqueza y de poder. Lo que menos importa de todo esto es el adoctrinamiento, y si estos centros deciden que los niños con los niños y la niñas con las niñas, pues adelante, y en el futuro seguiremos discriminando en todas las actividades de la vida, ya que eso es lo que les hemos enseñado.

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