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miércoles, 7 de marzo de 2012

Aquellos buenos tiempos


Era el año 65 del siglo pasado, cuando España empezaba a liberarse de las penurias económicas y comenzaba  a despuntar una clase media, que acudiendo al pluriempleo, pudo empezar a consumir algo de lo que los vecinos europeos llevaban disfrutando ya muchos años.
Ángel, que así se llamaba este primo segundo mío  bastante mayor que yo, pudo comprarse un Seat 600 D, que en aquella época era el “no va más” de la naciente clase pudiente. Se había casado con Aurora hacía tres años y tenían un pequeño de casi un año.


                                                                               
Las cuentas presupuestarias familiares las llevaba al céntimo, ya que la letra del coche lo había ajustado más de la cuenta y hete aquí, que le ofrecen un puesto en la Industria Farmacéutica como visitador médico, ganando entre sueldo y comisiones casi el doble de lo que ganaba en la tienda de muebles y con la contabilidad de las dos Sociedades Mercantiles a las que llevaba las cuentas.
Su vida y la de su familia cambiaron bastante, ya que no sólo empezaron a vivir holgadamente, sino que pudieron ahorrar algunos duros.
Fue de casualidad que un día tomando café con sus compañeros de trabajo, uno de ellos comentara de pasada que le habían ofrecido comprar una parcela de 2.000 m2  en un olivar próximo a Valencina de  la Concepción, en pleno Aljarafe sevillano. Mi primo  comentó que pudiera el estar interesado, y así fue como una mañana de domingo lloviendo cantidad, montó en su coche con Aurora y el niño y fueron a conocer la parcelita.


                                                                                   
Resultó ser una parcela en un conjunto de diez, que es lo que formaba el Olivar de Jerónimo, como le decían a la finca en el pueblo, a la que se llegaba por un camino de tierra, separadas  estas por unas estacas, sin luz ni agua, nada más que olivos por todas partes, pero muy baratas ya que aquello era una finca de secano sin urbanizar, donde “oficialmente” sólo se podía construir una “habitación de aperos”.
Compraron la finca entre los diez con créditos hipotecarios algunos, otros como mi primo, ya tenían ahorradas las 100.000 pesetas que costaron, incluyendo los gastos de notaría y alguna comisión que hubo que pagar. 
Al sábado siguiente ya estaba poniendo Ángel y su mujer la cerca de alambre y la puerta metálica que cerraba su parcela, y a las tres semanas, ya estaban comiendo en la parcela bajo una sombrilla los filetitos y la tortilla de patatas que había preparado Aurora.
Estaban felices presumiendo de parcelita, pero aquello no dejaba de generar gastos. Tuvieron que limpiar todo de ramajes y olivos, aunque dejaron uno en una esquina, llevar la electricidad lo que les costó una pasta y hacer un pozo, pues no había agua, una habitación con una ducha, con lo que no le quedó más remedio que entramparse.


                                                                             
Empezó a ser para ellos la única diversión del domingo, con lo que volvían a su casa reventados de hacer tantas faenas a las que no estaban acostumbrados.
Un día comiendo en la parcela, vieron como su coche lo engullía la tierra. Se asomaron al socavón donde sólo se veía el techo del vehículo. ¡Otro problema y más gastos!,  pensó Ángel con la cara pálida. Avisaron a una grúa del pueblo que después de mucho trabajo pudo sacar el coche, dejando a la vista lo que sería una cueva o una casa de los romanos o los árabes, ya que aparecieron dos ánforas de barro y una lamparilla de aceite.
Con el coche tuvieron suerte, ya que solo se le reventaron dos ruedas y suelto el paragolpes, pero lo malo es que con el descubrimiento arqueológico lo amargaron los técnicos, ya que hasta pasado un año no pudieron hacer nada en su finquita. Se llevaron algunos restos y menos mal que no encontraron más, así que cuando se decidieron a acometer la piscina, hicieron el hueco en una tarde y de tapadillo. Volvieron a aparecer restos de cerámica, pero Aurora los metió todos en un saco, y los dejó en el hueco de otra piscina de la urbanización de al lado, que fue quien más malmetió, pues el dueño era del ayuntamiento y quería que se les expropiara la parcela “por que decía, que habría más restos arqueológicos de interés”.


                                                                                   
Tardaron muchos años en construir el chalet y mucho más en que pudieran meter el agua y el alcantarillado, pero lo mejor fue que una familia con influencias recompró una de las parcelas, y el ayuntamiento las legalizó todas y de camino se revalorizaron una barbaridad.
Como no podía ser de otra forma le pusieron nombre a la propiedad, encargando un azulejo que pusieron junto a la verja de entrada que decía:
“La flor de mi esfuerzo”, 1975. El primo era así de hortera.

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