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jueves, 15 de marzo de 2012

Un hombre de honor

Me habían avisado que D. Arturo Colmenar había fallecido. Este oscuro y riquísimo hombre de negocios fue amigo de mi padre por haber hecho la guerra juntos y era mi padrino de bautizo, aunque fueron contadas las veces en que nos vimos. 
Este hombre vivía con su familia en una gran casa-palacio de dos plantas, preciosa buhardilla y una parcela de más de diez mil metros cuadrados, en la antigua carretera de Huelva, entre Gines y Castilleja de la Cuesta, hacia donde me dirigí una lluviosa tarde de Marzo a presentar mis condolencias.


                                                                                 
Decían las malas lenguas en Sevilla, que este serio gestor había hecho su primer capital con el estraperlo después de la Guerra Civil Española, y que gracias a sus amistades en los altos cargos de la dictadura, nunca lo habían pillado. Después empezó con los préstamos a intereses abusivos, la empresa inmobiliaria, las tiendas de antigüedades donde les compraba todo lo comprable a señoritos, marqueses y condes arruinados; luego vino lo de vender coches, electrodomésticos y parcelas rústicas recalificables a “letras”, pero de tan abusiva forma, que hasta que no habías pagado la última no figuraba a tu nombre, lo que a veces duraba diez años o más. Entre sus muchas propiedades a parte de la casa dicha, tenía una gran finca entre las provincias de Sevilla, Badajoz, Córdoba y Huelva, donde había una central lechera, ganadería de reses bravas, cerdo ibérico, cultivos ecológicos, así como coto de caza mayor y menor, alrededor de un enorme embalse de su propiedad. Allí tenía un gran cortijo donde desde que se jubiló de sus empresas, pasaba casi todo el año junto a su esposa. Decían que la explotación no era rentable, pero que era la chimenea para blanquear dinero de dudosa procedencia.


                                                                             
Ahora era su hijo mayor Alfonso, quien oficialmente se encargaba de toda la gestión, auxiliado por sus dos hermanas y un sobrino, pero el viejo a sus 98 años seguía supervisándolo todo. Hasta el día antes de su muerte había estado despachando asuntos en Madrid, donde tenían la central desde que crearon las empresas de Capital Riesgo y Venture Capital. 
Nada estaba a nombre de la familia, sino que los propietarios patrimoniales eran empresas inscritas en Gibraltar y otros paraísos fiscales, de los que ellos eran meros empleados. 
Inmediatamente que llegué a la casa fui recibido como de la familia, y conducido hasta la Capilla donde descansaba el cuerpo del susodicho, con una parafernalia y puesta en escena más propio del cine de “gánster” americano de Ford Coppola, que de una familia sevillana. 
El féretro sobre un catafalco y abierto estaba bajo los escalones del altar, en medio de cuatro enormes hachones de cera encendidos, todos los bancos y las sillas cubiertos de terciopelo negro, y la familia al completo; ellos camisa blanca, con traje y corbatas negras. Ellas de negro riguroso aunque muy enjoyadas, y velos de tul cubriéndoles el pelo y parte de la cara. Los niños también presentes, de riguroso luto al igual que sus mayores.


                                                                                
Una vez que di el pésame a toda la familia que eran los únicos que ocupaban la pequeña iglesia, me pasaron a un abigarrado salón donde uniformadas doncellas vestidas íntegramente de negro, pasaban bandejas de bebidas y canapés a los presentes.
Este enorme habitáculo, estaba decorado con todo tipo de cabezas de animales y rodeado de un gran jardín con las cocheras, piscina, pista de tenis, caballerizas y hasta un helipuerto con el helicóptero en donde se desplazaba el finado o la familia, para las citas de negocios o para recluirse en su finca de “Los Tejares”. 
Todos los que estábamos allí éramos hombres, y se hablaba de los negocios con que la buena estrella premió a D. Arturo. Me hizo pensar que nadie hablara de sus virtudes ni de su grandeza humana, pues era bien sabido de todos que había sido un sangriento tiburón que cuando olía dinero no tenía compasión de nada ni de nadie. 
Ni la muerte es siquiera igual para todos, aunque siempre es verdad que nadie suele hablar mal del finado por más que lo piense. Aunque a todos les falte la vida, unos van al panteón familiar con una esquela a página completa en ABC de 4.000 euros y otros a la fosa común en el anonimato y sin que nadie te recuerde ni rece una oración por tu alma pecadora. 
Al salir de aquella casa e ir a buscar el coche, me asaltó un pordiosero pidiéndome para comer. Lo invité a que cenara en un bar cercano mientras yo me bebía un whisky. Me preguntó si yo venía de la casa de D. Arturo y empezó a contarme que había sido panadero, y que por las deudas contraídas al querer ampliar el negocio y hacerlo una industria moderna, pidió dinero prestado al fallecido y que cuando pudo devolvérselo al año, la deuda era del doble, así que se quedó con su casa y su negocio, la mujer y la hija lo abandonaron cuando ya la ruina era manifiesta, y ahora vivía de la caridad de la parroquia. Me dijo una frase que se me quedó grabada: 
 “Yo lo maldigo hasta en el pensamiento de su aborrecible familia. Es imposible que no haya “nada” tras la muerte. Este impío pagará con la realidad que le espera”. 


 Nota: Una de sus criadas me contó al poco tiempo, que haciendo inventario de la fabulosa colección de vinos caros que tenía, se encontraron doscientos lingotes de oro en una falsa pared que se derrumbó por la humedad. No se los pudo llevar al infierno.

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