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jueves, 29 de marzo de 2012

El extranjero


Se nos había antojado a mi mujer y a mí hacer un viajecito en tren hasta Cádiz, por aquello del bicentenario de la Pepa, (Conmemoración de la Constitución Española del 1812).
Habíamos cogido un tren después de desayunar nuestras tostadas con Aceita de Oliva Virgen Extra de la tierra, metiéndonos en un vagón vacío pero que al momento llenaron con su presencia y sus voces doce o quince adolecentes con su maestro y sus mochilas, y con muchísimo griterío.
Estábamos a punto de salir, cuando dos personas de aspecto como de asiáticos por sus ropas, ya que uno de ellos iba con la cara cubierta con un antifaz o enorme tocado, accedieron al  vagón en donde estábamos, pero justo cuando pasaban junto a  los chavales, uno de ellos intentó tirar de una de las puntas del turbante. Fui a levantarme para auxiliar al pobre forastero, pero antes de hacer nada, ya este había hecho algo que había dejado al muchacho caído en el suelo y continuando estos su camino hasta los últimos asientos sin mediar gestos ni palabras.

                                                              
El ambiente se puso tenso, el maestro apenas levantó la mirada de su e-book,  y  todo el mundo se quedó en silencio viendo como los dos asiáticos ocupaban ambos asientos del fondo.
Ya el ambiente casi se había tranquilizado, cuando no tuve más remedio que levantarme para ir al servicio, pero el más bajo de los extranjeros se me interpuso en el pasillo, diciéndome en un inglés chapurreado:
-Perdone señor, sólo queríamos agradecerle su gesto anterior  defendiéndonos, pero ya vio que no hizo falta. Somos gente tranquila, pero no admitimos agresiones.
- No tiene que agradecerme nada, contesté.

                                                               
-Mi señor y yo vamos hacia Portus Menesthei1, para cumplir un rito que hace años tenía pendiente mi pueblo con Tartessos2. Venimos de cerca de los limpios cielos del Himalaya3, en una zona comprendida entre los montes Kangchesrijunga4 y Lhotse5, a donde se llega después de cruzar nuestros amados lagos de Tsokarry y Tsomoriri, un gran país que nada tiene que ver con el vuestro, pues es árido, seco y áspero, cómo el carácter de mi señor Doussara. Pero créame si le digo que somos gente de paz. Mi señor quiere que le regale esto como señal de amistad y como agradecimiento por su actitud hacia nosotros.
Y dicho esto me entregó una pequeña bolsa de cuero, que yo agradecido y sin saber qué decir, recogí dirigiéndome a mi asiento sin darme cuenta que aún no había pasado por el váter.

                                                                                                                      
Mi mujer que lo había observado todo, se precipitó hacia la bolsita para abrirla, y vimos cómo contenía una pequeña y burda piedra semitransparente. La guardó en su bolso, no sin antes dirigirles a los extraños una sincera mirada de agradecimiento.
Llegados a la estación del Puerto de Santa María, vimos como estos personajes se apeaban del tren, y mi mujer y yo hicimos lo mismo casi sin mirarnos.

                                                             
Nos perdimos de los personajes, pero ya que estábamos allí decidimos dar un paseo por la playa y el pueblo, aún sorprendidos por lo que nos acababa de ocurrir.
Estábamos pidiendo una cervecita fresca en un chiringuito de la playa, cuando a no más de un kilómetro vimos a nuestros personajes que empujaban una barquita ardiendo en la tranquila mar de aquel mes de Mayo, observando cómo ambos iban tocados con dos sombreros dorados en forma de capirotes, y extendían hacia lo alto sus manos arrodillándose a la vez en la arena, y gritaban una especie de plegaria que el vientecillo reinante traía hasta nosotros.

                                                                 
Volvimos hacia el pueblo dando un largo paseo, paramos a comer algo en un restaurante que tenía un pescaito fresco de verdad y nos encaminamos de nuevo a la estación de Renfe para volver a Sevilla, posponiendo nuestra visita a Cádiz para mejor ocasión.


                                                               
Íbamos inmersos en un ambiente especialmente sosegado y tranquilo, que como sin darnos cuenta, nos habían transmitidos aquellos extraños personajes.
Habían pasado varias semanas de lo acontecido cuando un día mi mujer me sorprendió diciéndome:
-No te dije nada, pero fui al taller de tu amigo Alfonso el joyero, a ver si me decía que piedra es esta que te regalaron el otro día en el tren yendo a Cádiz, ¡Y no te lo puedes ni imaginar¡
-¿Qué? Pregunté.
-Pues que es un diamante sin pulir, que puede valer un pastón.
-Pues que bien. Otro problema.
Y sigo tan tranquilo como siempre, sin importarme cuánto vale o si se puede tallar. Es lo mismo.
Nadie me quitará mi paz interior por una piedra.
¡Qué bien se está cuando se está bien!

(1) Portus Menesthei.- Actual Puerto de Santa María, fundada por un capitán griego que le dio el nombre, natural de Atenas y que sirvió en la guerra de Troya.
(2) Tartessos.- Heródoto habla de Tartessos y su rey Argantonio, de gran sabiduría y riquezas. Parece que estaba situada entre las provincias de Huelva, Sevilla y Cádiz en la costa suroeste, surcada por el río Tartessos luego llamado por los romanos río Betis y Guadalquivir por los árabes. Véase mapa.
(3,4,5,) Cordillera del Himalaya.-Está situada en Nepal. Monte Kangcherijunga de 8.586 m. entre India y Nepal, Lhotse de 8.516m. Entre China y Nepal. Hacia la India, en el extremo norte hay una especie de península, que a falta de mar se mete en el Himalaya. De un clima árido, seco y áspero, el valle de Nubra con los lagos Tsokar y Tsomoriri,  donde sus habitantes son de religión budista.

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