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miércoles, 22 de mayo de 2013

El reencuentro


Ya estaba, por fin, ante su puerta. Era un coqueto chalecito adosado cercano a la playa de la Barrosa. Que trabajito me había costado encontrarla. La busqué en las “Páginas Amarillas” de Telefónica, en Internet y en todas las Redes Sociales. Nada, ni rastro.
Por fin, un día que estaba para otro asunto en Cádiz, me acerqué a la Delegación de Hacienda, donde la había conocido, y en su antiguo departamento pregunté por si alguien sabía donde vivía, pues se había jubilado hacía unos años.
Me indicaron que si alguien sabía algo de ella, sería  el más antiguo del Negociado, que era el Sr. Márquez, el cual me interrogó como si fuese un policía y yo un sospechoso de crímenes, pero después de varios “riojas” en el bar cercano, accedió a darme su dirección.
Nos habíamos conocido un día que fui a preguntar sobre una duda que tenía para declarar las exportaciones de mi empresa, y allí estaba ella. Se llamaba Ana Mª y era muy guapa, con unos tobillos poderosos como a mí me gustan las mujeres, y de una simpatía arrolladora.

                                                     


Congeniamos bastante, pero le mandé un primer regalo de productos cosméticos de mi fábrica que me devolvió, y ya después de ir muchas veces por allí siempre inventándome un motivo, me dijo un día:
-Tú no sabes lo que hacer para enrollarte conmigo.
Yo me eché a reír, y así conseguí mi primera cita con ella, tras lo que vinieron varios años en que nos veíamos bastante, pues disfrutábamos del cine, de los conciertos, de las comidas y sobre todo de la cama, mucho amor de cama del que no se fatigaban nuestros besos, ni nuestros cuerpos de tanto revuelque.

                                                    


Pero como todo, aquello se acabó un día en que vio una foto mía con toda mi familia en el Diario de Cádiz, pues había sido premiado como empresario del año por la Cámara de Comercio. No me montó ninguna escena, simplemente me dijo que se había ido a vivir con su novio de toda la vida, al que yo llamaba el del café, pues era representante de una de las marcas más conocidas de este producto.
Y no nos volvimos a ver nunca más, por lo que yo después de tanto tiempo en que ya todo ha cicatrizado o eso espero, tengo la curiosidad morbosa de saber de ella.
Abrió la puerta y nos quedamos un rato mirándonos sin decir palabra. “¿Me invitas a un café?”, le dije por romper el hielo. “Pasa”, me contestó y me vi sentado en una butaca blanca frente a ella, que me sonreía de forma un poco forzada.
                                                       
   
-Estás igual de guapa y yo hecho un cascajo.
-Pues me han quitado un linfoma hace un par de años y aún no me siento bien del todo. ¿Y tú qué tal?
-Pues me pusieron un marcapasos hace un tiempo y ahora seguramente me tenga que operar de la rodilla.
-Pues te veo bien, aunque un poco más gordo.
-¿Son tus nietos?, dije señalando una foto que había en una mesa cercana.
-Mi hijo, mi nuera y los dos preciosos niños que tienen.
-Pues yo tengo once de mis tres hijas. Son bastante conejas.
En ese momento sonó el timbre de la puerta y la escuché hablar con alguien, dirigiéndose hacia donde yo estaba.
Al ver entrar a Ana con un mocetón de buen porte, me levanté y me quedé como mudo mirando a su acompañante.  Dios mío, se parecía…No, no podía ser.
-Álvaro, dijo Ana, este señor es tu padre.

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