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lunes, 6 de mayo de 2013

La primera vez


Tendría Juanito unos diecisiete años aquella desapacible mañana sabatina de Febrero cuando acudió a abrir la puerta de su casa, sin imaginar que con aquel mecánico gesto acababa una trascendental etapa de su vida.
Vivía en aquel caserón heredado de los abuelos, con sus padres y su hermano Felipe, que era unos años mayor que él, y le gustaba que después de discusiones sin cuento, que le hubieran dejado instalarse en el torreón, pues además de la magnífica vista panoramica, era el lugar más tranquilo y alejado del ajetreo de la casa, con lo cual podía concentrarse en sus estudios sin ser molestado.

                                                 
  
Bueno, pues aquí tenemos a nuestro Juan que abre la puerta y se encuentra con Rosa, la novia de su hermano, y otra mujer un poco mayor que ella pero de muy buen ver, que le presenta como su madre. “Pues la madre está mejor que la hija”, pensó Juan.
Hacen las presentaciones de rigor en el salón de la casa, y antes las alabanzas hacia la vivienda con que se explayó Sofía, la madre de Rosa, nuestro Juanito se ofrece a enseñarle la casa a la suegra de su hermano.
Ella, con gran desparpajo, se cuelga de su brazo dispuesta a dejarse llevar a donde sea, con el consiguiente sonrojo de nuestro amigo, cuyas hormonas se ponen en alerta al sentir el duro roce del seno derecho contra su brazo.
Van pasando de habitación en habitación entre bromas, insinuaciones de la dama y risas, con los muebles tapados del piso superior que no usa la familia, pues prácticamente hacen la vida en la planta baja, menos la habitación de Juan, que como ha quedado dicho, habita el torreón en la última planta.

                                                    


Pues es llegado a este punto del recorrido, donde los roces y los toque, que parecían casuales, se vuelven intencionados y sin saber cómo, nuestro amigo se encuentra entre los dos magníficos pechos de Sofía, que a renglón seguido acomoda su rizada cabeza entre los muslos de Juanito.
Después del “aperitivo” y una vez se hubieron marchado ambas mujeres, nuestro amigo quedó en un estado serio y febril, pensando si todo lo que le había pasado había sido real o producto de un fogoso sueño de adolescente.

                                                    


Quiso la casualidad, que la novia de su hermano viviera casi junto al Instituto de Juan, con lo que ni decir tiene, que los encuentros entre nuestro amigo y Sofía se hicieron muy frecuentes, hasta que un día al ir a entrar a la casa como siempre por la puerta de atrás, vio que la moto de su hermano estaba aparcada en el lateral del chalet, con lo que cogió la llave de donde siempre, y al entrar sin querer hacer ruido, otra mano desconocida le tapó la boca.
Era Rosa, que entre cuchicheos le cuenta que su hermano se acuesta con la guarra de su madre, y tira de Juan hacia el cuarto de ella, donde una vez echado el pestillo a la puerta, se le queda desnuda, se abalanza sobre él y hacen el amor en silenciosos orgasmos entrecortados, pero apasionadamente.

                                                    


Nuestro amigo salió de allí con un caos total en la cabeza y un regusto dulce en su boca, que había paseado por aquel hermoso cuerpo de mujer hasta por los rincones más íntimos, aunque se prometió internamente convencido, que no volvería mas por aquel lugar de líos y enredos.
A pesar de todo volvió un par de veces más ante el acoso de Sofía, pero ya las cosas no le parecían igual o se había apagado un poco la llama del deseo.
La separación definitiva se produjo cuando su hermano se fue a vivir con su novia a otra ciudad, y Sofía se enredó con un militar que le doblaba la edad y que se la llevó a vivir a una base al otro lado del mapa.
Cosas que les pasa a algunos adolescentes en la vida real y que no solo pasa en las novelas. La realidad supera a la imaginación.

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