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domingo, 13 de octubre de 2013

El especialista

Aunque os parezca mentira, mi empresa ubicada en Robledo de Chavela (Madrid), había inventado y patentado un “ojo biónico” que venía a solucionar problemas en enfermos casi ciegos o a punto de estarlo, y yo era el especialista que se estaba recorriendo los principales hospitales de Europa presentándolo a las élites médicas.
                                                         

Había estado en París presentándolo a los incrédulos monstruos de la oftalmología francesa y me quería trasladar a mi próximo destino Roma, pero cansado de los aviones decidí coger un tren de Trenitalic, por supuesto en compartimento gran lujo con cama, que me dejaría a la mañana siguiente en la estación romana Termini.
Mis otros dos compañeros cogerían un vuelo de mañana, y yo me responsabilicé del material. Había llegado a la estación Gare De Lyon con mucho tiempo de antelación, ya que debía facturar y colocar el delicado producto del que era portador de forma que no sufriera daño alguno. Así y todo me quedó tiempo de tomar una copa en el bar antes de embarcar.
Tenía la sensación de que alguien me vigilaba, pero después de mirar a mí alrededor y no observar nada extraño, pensé que eran imaginaciones mías.
                                                       


Entregué mi billete al encargado, que me condujo hasta mi compartimento cama, abriéndomelo y entregándome la tarjeta de apertura. Aún no había abierto mi pequeña maleta, cuando sentí que llamaban a la puerta y al abrir me encontré con unos increíbles ojos azules que me empujaron hacia adentro y cerraron de un portazo.
“¿Qué pasa? ¿Quién es usted y qué quiere?”
-Me persiguen para matarme, me contestó y empezó a llorar como una Magdalena.
“Pero aquí no se puede quedar ¿Lleva usted billete?”
-Me estaban esperando y no me dio tiempo a comprarlo, pues me iba la vida en ello, y seguía llorando desconsoladamente.
Una vez la hube tranquilizado, le di algo de beber y mientras se reponía sentada en el único sitio que allí había a parte de la cama, observé que era muy alta y delgada, aunque tenía todas las curvas en su sitio.
                                                       


-Me llamo Alexia, soy polaca y llevaba un año viviendo en Francia con mi amigo o novio Gustav, dedicándonos a falsificar pasaportes y venderlos a los “sin papeles”, por lo que habíamos conseguido mucho dinero aunque la policía nos seguía los pasos muy de cerca ya. Yo le dije a mi amigo que me diera mi parte que me iba, pero él no quería pagarme, para que nos fuéramos los dos juntos a una ciudad del sur de España a vivir, por lo que tomé mi parte y salí huyendo de noche hace dos días, pero sé que me sigue.
Estaba en los servicios del bar de la estación observando a alguien que viajara sólo y lo demás ya lo sabes. Tengo mucho dinero para pagarte, pero por favor ayúdame a escapar y te recompensaré.
“Bueno, voy a salir a hablar con el jefe del tren a ver como solucionamos esto. ¿Cómo es tu amigo?”
-Es muy alto,  delgado y con una gran nariz aguileña y ojos claros.
Salí del compartimento para buscar al revisor y ver si alguien como la descripción andaba por los pasillos o el restaurante. Todo estaba desierto, sólo una pareja en el bar y el jefe del tren sentado adormilado. Lo desperté y le conté la historia de mi reciente casamiento, y que mi mujercita se había presentado en la cabina para irse conmigo en mi primera salida de trabajo. No me podía vender un billete, dijo, pero yo le puse en la mano el equivalente y aceptó encantado, aunque me rogó que no saliéramos hasta el destino.
                                                        


De nuevo en mi habitáculo y con mi amiga calmada, nos dispusimos a compartir cama, por lo que me acosté vestido en mi mitad.
Ella se metió en el minúsculo aseo y ya estaba yo casi traspuesto cuando sentí que se metía bajo la manta, pero ¡Estaba desnuda!
Creo y no me equivoco, fue la mejor noche de mi vida.
Al despertar por la mañana a punto de llegar al destino, ella no estaba, pero había dejado una nota dándome las gracias y un sobre con un montón de dinero.
Organicé para que se llevaran la valija y salí para tomar un taxi. Había un músico paralitico tocando el acordeón en las puertas, a quien entregué el sobre de dinero que me quemaba en el bolsillo.
Yo ya había recibido mi recompensa.


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