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sábado, 21 de diciembre de 2013

El conseguidor de sueños

El día que se jubilaba, reunió a su familia y les dijo:
“Hijos, me jubilo para dedicarme a devolver a la sociedad todo lo que he recibido en tantos años de lucha. Ustedes se dedicaran a las empresas, mamá y yo haremos algo que ya tenemos hablado”.
Durante estos últimos años de dura crisis, había visto como se cerraban negocios y mucha gente se quedaba sin trabajo, a parte de la cantidad de jóvenes muy preparados, que se tenían que ir al extranjero para trabajar, pues aquí no había futuro.
Empezó asesorando a pequeñas empresas que iban mal, salvando a algunas de una segura quiebra. A otras les cambiaba el rumbo de los negocios, diversificando la oferta y a otras que ya no tenían remedio les ayudaba a cerrarlas ordenadamente, recolocando a su personal en lo posible o ayudándoles a montar pequeños negocios a los mas emprendedores, a los que incluso prestaba dinero sin intereses.
                                                                              


Pero lo que verdaderamente le valió el apodo de “conseguidor”, fue que escuchaba a las personas que iban a verle y las orientaba en cómo montar un pequeño negocio, conseguir una licencia de algo, recolocar a muchos y ayudar financieramente a otros en lo que necesitaban.
Había fundado dos cooperativas: una de reparto de paquetería y otra de compraventa de coches de segunda mano y nuevos.
A parte de esto, había ayudado a montar una treintena de pequeños negocios: tiendas de comestibles, de ropa, de arreglo de calzado, dos bares, un taller mecánico, tres lavanderías, dos licencias de taxis, otra de coches para bodas y eventos, una agencia de viajes, y un largo etcétera imposible de enumerar.
                                                                            


Estas eran sus primeras Navidades jubilado y se sentía muy satisfecho con lo que se había conseguido, con la inestimable ayuda de su mujer y dos personas que vinieron a echarles una mano desinteresadamente.
Había pensado pasar la Noche Buena con sus hijos, pero cambió de parecer y en un enorme bar que cerró hacía un tiempo, montó un turno de cenas para los “sin techo” y todo el que quisiera y no tuviera recursos, en donde fue ayudado por un montón de gente que casi ni conocía. Los alimentos los consiguieron del Banco de Alimentos, y se dio de cenar a más de trescientas personas.
Al acabar la noche estaba muy cansado pero tremendamente feliz por lo que había hecho, pero aún le quedaba otra sorpresa.
                                                                                    


Al salir de aquel comedor improvisado y a pesar de lo fría de la noche, se encontró rodeado de sus hijos y de casi toda la gente a la que había ayudado, que le aplaudían y vitoreaban como si de un actor o de un futbolista se tratara.
No podía con tantas emociones, por lo que rodeó a su esposa con el brazo y se echó a llorar en su hombro, y así tan felices y satisfechos, llegaron a su casa acompañados de todos los que le querían.
Qué gran ejemplo de altruismo y de bien hacer; tomen nota por favor, ricachones de siempre y millonarios ocasionales, pues nada de lo conseguido aquí sirve para la otra vida, suponiendo que la haya. Dentro de nosotros mismos tenemos el cielo y el infierno.


1 comentario:

  1. Con medios yo le imitaría, hoy con mi escasa pensión no dejo de hacerlo .Gracias en nombre de los favorecidos.

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