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sábado, 11 de enero de 2014

El desahogo

Llevaban casados muchos años, y ella ya no atendía a los requerimientos sexuales de Juan, su marido, y es que no había forma de cogerla en predisposición, pues nunca tenía ganas de sexo desde que se le retiró la regla.
Él no se sentía viejo a pesar de haber cumplido sesenta y dos años, por lo que maduró la forma de desahogarse, aunque sin poner en peligro su matrimonio de cuarenta años, por lo que empezó a buscar en internet alguna relación sin problemas.
Ya se sabe que nadie en ese medio da su verdadero nombre, ni se cita con persona alguna si no hay ciertas garantías de secreto o de sorpresa, por lo que después de sopesar todas las opciones que se le ofrecían, optó por citarse con una mujer que en principio le pareció honesta y libre de prejuicios sociales.
                                                                         

La realidad es que estaba muy nervioso, se sentía como un colegial ante su primera cita amorosa, aunque ya hemos dicho que él solo buscaba cama.
Ella iría con un pañuelo naranja anudado al cuello, y él no se definió, por lo que se fue muy temprano adonde habían quedado, una discreta cafetería que disponía de una sala de baile en su sótano; allí se sentía medianamente seguro para esa aventura extramatrimonial, en donde se bebió un par de whiskys para entonarse y que no se le notara su timidez.
Iba por su tercera copa, cuando vio como entraba por las puertas la susodicha dama, pero cual no fue su sorpresa cuando detrás de ella entró su mujer que hablaba con ella. Luego se enteró de que eran amigas intimas desde el colegio de monjas, y que habían quedado en el mismo sitio a petición de mi amiga internauta.
                                                                           


Ya no servía de nada disimular, pues lo vieron a la primera. Él demostró sorpresa, les dijo que había quedado con un cliente y se sentaron los tres en una zona discreta del local.
¿Qué hacer? Su mujer con la conquista de su cita por internet, que por cierto, aunque madurita estaba para mojar pan.
Muy nervioso, dijo que iba al servicio, y estaba pensando qué hacer, cuando vio a un amigo de la juventud, Damián, divorciado por dos veces y que meaba a su lado.
No lo dudó. Le contó toda la historia y se arrodilló para pedirle que ocupara su identidad de internet, asegurándole que no se arrepentiría, y haciéndose cargo de los gastos que conllevara la cita, para lo cual le adelanto doscientos euros.
                                                                              


Disimularon ir por separado cuando se presentó el amigo a las dos damas, quedando Damián prendado de la amiguísima de su mujer, Eloisa.
Allí los dejaron charlando después de irse, y aquello tubo que resultar bien, pues el amigo no lo buscó para pedirle lo que se gastó en aquella cita.
Siento decirlo, pero lo envidio. Juan sigue igual. ¿Conocéis a alguien que alivie sus “penas”? No piensa compartirlo con nadie, le cueste lo que le cueste, y mantendrá el secreto de la fuente de información.


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