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jueves, 10 de abril de 2014

Inconfesable venganza


No podía más. Después de varios meses sin ser yo mismo, sin descanso ni relajación, ya que casi no comía, no me relacionaba con nadie, y por supuesto no había podido dormir más de cuatro horas seguidas, tomé una decisión drástica sobre aquel “inquilino” no deseado que había ocupado mi casa sin mi permiso, aunque mi familia estuviera muy satisfecha con aquella compañía.
Había tomado la firme convicción de que lo tenía que hacer desaparecer, pero debía planearlo de tal forma que a nadie le pareciera que yo había sido el ejecutor de su forzado evaporamiento, aunque era manifiesta mi antipatía inmisericorde por semejante sujeto.
                                                                                


Empezaba a oscurecer un precioso día de final de la primavera y a pesar de todo, el azahar seguía esparciendo su precioso olor por todo el jardín de aquella vivienda-chalecito, que por cierto aún era del banco, ya que para  ser enteramente mía tendrían que transcurrir los veintisiete años que me quedaban de pagar hipoteca, pero bueno, vayamos al grano y os cuento.
Después de varias horas vigilando los ruidos de la casa, por fin parecía que todo el mundo dormía, por lo que  puse en marcha mi maquiavélico propósito levantándome con sumo cuidado de no hacer ruido.
Ya tenía preparado un enorme saco para meter al sujeto de mis desasosiegos, por lo que me dirigí al cuarto de las herramientas para armarme de un azadón, una pala y una carretilla de mano que me aliviara el peso de todo, dirigiéndome a enterrar el cuerpo del delito y hacerlo desaparecer definitivamente.
                                                                               


Tomé un caminito de tierra que conducía después de un par de kilómetros a un descampado que hacía las veces de estercolero incontrolado, por lo que me puse un pañuelo sobre la nariz que me evitaran los asquerosos efluvios del entorno.
Busqué un rato hasta encontrar un clarito que me pareció idóneo para el entierro del saco y su contenido, por lo que me puse al trabajo de cavar una fosa profunda para que nadie pudiera encontrar el objeto de mis odios.
Cuando la fosa me pareció suficiente, tomé la pala y descargué con todas mis fuerzas una serie de enormes porrazos sobre es saco de forma que nadie reconociera su contenido, pues previamente le había quitado todo lo que pudiera identificarlo, arrojando el fardo con su contenido, y procediendo por último a cubrir todo con la tierra extraída.
Estaba sudando por el esfuerzo, pero aún me recreé un rato mirando mi obra y fumándome un cigarrillo.
Volví sobre mis pasos feliz y deseando dormir a pierna suelta el resto de aquella noche y el resto de mis días.
                                                                                    

En los días siguientes toda la familia estuvo buscando y preguntando por el sujeto de mi fechoría, pero ya después todo volvió a ser como antes y yo pude dedicarme a lo que más me gusta en mi vida, cocinar.

Nunca más la puta Thermomix me sustituiría en la cocina.

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