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viernes, 4 de abril de 2014

"Vente a Alemania, Pepe"

Se me ha ocurrido el título de este artículo, por una película muy antigua del cine español protagonizada por Alfredo Landa, y que contaba las vicisitudes de la inmigración española de los años cincuenta y sesenta del siglo pasado.
Ahora que nuestra juventud más preparada se marcha fuera a trabajar porque aquí no hay oportunidades, os voy a contar un caso verídico que conocí de primera mano.
En esos mismos años a los que antes aludía, en el pueblo había muy poco trabajo y el que había era pagado miserablemente por los terratenientes y señoritos de siempre, que te decían a la cara que “eso era lo que había, y que para eso ellos habían ganado una guerra”.
                                                                          


Antonio estaba desesperado, pues con lo poco que ganaba apenas le llegaba para lo básico, y así nunca podría tener una casa ni casarse.
Fue en aquel tiempo en que algunos amigos habían emigrado a Alemania, “¿Y por qué yo no puedo hacer lo mismo?”, se preguntó una mañana que estaba desesperado, de forma que contactó con uno de los que ya estaban allí para que le buscara trabajo, solicitó el pasaporte y se preparó para la marcha.
Esta se retrasó, pues el cacique local no quería quedarse sin mano de obra sumisa y barata, por lo que en connivencia con la Guardia Civil, trataba de retrasar todo lo posible los papeles para pasar la frontera.
Al fin pudo marchar entre lágrimas de los suyos y desesperación de su reciente novia, pero se tragó la pena y las dudas y hasta Múnich marchó en busca de lo que su país le negaba.
                                                                            


Fueron años de mucho trabajo, pues cogía todo lo que salía, así que sus jornadas eran de doce o catorce horas, pero no le pesaban pues tenía la idea fija de juntar dinero,  casarse y comprar una casa en el pueblo.
Después de varios años de trabajo duro, volvió al pueblo para casarse y marcharse nuevamente con su querida esposa a la tierra de promisión que le había dado lo que tenía.
Su mujer, que era una magnífica modista, también se puso a trabajar, y después de un par de años montó una pequeña empresa de confección, que al poco tiempo ya tenía seis empleadas españolas trabajando para ella.
Y llegaron los hijos, Antonio y Marcos, con lo que sus vidas cambiaron bastante hasta que ya los niños fueron adolescentes. Estudiaron uno Ingeniería y otro periodismo y estaban totalmente integrados, pues se sentían alemanes por los cuatro costados, y España ya sólo era un lugar donde iban de vacaciones cuando se terciaba.
Los hijos empezaron a trabajar donde habían vivido, y sus padres ya jubilados, pensaron en volver a España y vivir en la casita que por fin un día pudieron comprar en el pueblo.
                                                                                   
  
Esto les duró poco, pues nacieron sus nietos y la carne les tiraba más que el terruño, con lo que volvieron a la tierra que los acogió.
Volvían a España sólo de vacaciones con toda la familia para observar, cómo el pueblo seguía igual, no había trabajo y la gente nuevamente emigraba, sólo había cambiado la generación de mandamases, pues los cachorros que eran peores que sus ancestros, casi  habían hecho buenos a sus antepasados.
Qué pena cómo se está desangrando este país, donde cada vez los ricos tienen más a costa de negarles el pan a los pobres, obligándolos nuevamente a que su desesperación los haga renunciar a su tierra.


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