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domingo, 6 de julio de 2014

Jodida vida

Nací en una familia desestructurada siendo el vástago once o doce de los que mi madre había parido, por supuesto de diferentes padres, pues ella nunca se estaba quieta en ningún lugar y mis hermanos eran acogidos, como supe al tiempo, por distintas familias; y es que mi progenitora sólo vivía para ella misma.
Yo seguí el camino de mis hermanos siendo adoptado por una familia, y tuve la suerte de que me mimaran desde el primer momento, bien porque me vieran indefenso o por ser bonito y juguetón.
Comía lo que se me antojaba en cada momento, tenía mi propia cama para dormir, y no me faltaban juguetes con que entretenerme cuando llegaba a casa harto ya de chucherías y de pasear por el contorno del barrio, de la mano siempre de alguno de mis acogedores bienhechores.
Me llevaban a curar cuando estaba enfermo o a ponerme las vacunas preceptivas, incluso una vez me salvaron de morir ahogado con un hueso que se me cruzó en el esófago.
                                                                                


Pero al crecer cambió mi forma de ser alegre y tranquilo,  empezando una larga época de trastadas y fechorías que ya no me reían, con lo que me castigaban una y otra vez sin que por ello yo enderezara mi carácter.
Rompía sin venir a cuento ropas, muebles y cualquier cosa que se me pusiera a tiro cuando se me cruzaban los cables, y si me castigaban de alguna manera, me vengaba donde más les hiciera daño, por lo que la situación se les volvió o se la hice insoportable a estas buenas personas y decidieron que aquello no podía continuar así.
                                                                         


Un día en que hice una terrible canallada que no viene a cuento relatar, me metieron en el coche y sin que me pudiera creer lo que ocurría, me dejaron en un caserón enorme donde había más inadaptados como yo.
Allí se comía y se dormía a golpe de silbato, y si hacías algo inconveniente, te aislaban sin contemplaciones en un cuarto oscuro comiendo y bebiendo sólo lo justo para no morirte.
Yo añoraba terriblemente lo que había perdido, pero ni por eso cambiaba  mi carácter, por lo que un día en un descuido me escapé de mi reclusión, y ahora ando vagando por lo largo y ancho del mundo.
Si. Como habrán adivinado soy un puto perro callejero, que sigo sin arrepentirme de nada, aunque recuerde con nostalgia la época en que no tenía que luchar por un trozo de pan duro o un reseco hueso, duermo donde puedo mojado o  seco, y tengo que aguantarme cuando los niños me apedrean o algún mayor me pega una patada para echarme porque estorbo.
                                                                              


No tengo remedio, pues no me arrepiento de nada y odio con toda mi alma perruna a la humanidad, pero te puedo decir que sólo se aprecia lo bueno cuando ya sólo te dejan las sobras.


En “San Fermín”, a 7 de julio del 2014

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