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miércoles, 3 de septiembre de 2014

Asesinato en el parque


Apareció en portada y a toda página en un periódico tendencioso, la foto de un cadáver cubierto con una sábana y rodeado de policías nacionales. El pié de foto decía así:
Muerto el secuestrador del parque de un disparo cuando intentaba huir”.
En el interior, relataba cómo el presunto secuestrador y violador de cuatro niñas, al ser descubierto llamando a una menor que jugaba con otras pequeñas, fue rodeado por varios vecinos y al intentar huir, un guardia de seguridad le había disparado muriendo en el acto.
Esta es la primicia errónea dada por este rotativo que nunca rectificó, y ahora la noticia en los demás medios de comunicación.
                                                                                 
     
Eustaquio, pues así se llamaba el presunto raptor, había sido un joyero de fama en una ciudad del sur de España en años pasados, que viendo que su negocio decaía peligrosamente, amplió su establecimiento a otros artículos afines, entre ellos los relojes, creando su propia marca que empezaba a dar frutos.
Para esto, compraba las maquinarias a una empresa china, las carcasas y las correíllas se las hacían aquí según sus criterios de diseño, para lo cual creó una empresa con seis empleados que montaban y terminaban los relojes.
Estando casado desde hacía dos años y su mujer de seis meses de gestación, fue cuando sucedieron los hechos que lo llevaron a la ruina total y a su desgracia personal.
Pasó, que la empresa china le hizo una irresistible oferta si compraba gran cantidad de maquinaria al contado, por lo que vendió cuanto tenía y se embarcó en el fallido negocio, pues su dinero desapareció igual que la fábrica china, dejando a un montón de empresarios en la ruina, entre ellos a Eustaquio.
                                                                          


Y como las desgracias no vienen solas, su mujer lo responsabilizó de todo y le pidió el divorcio inmediato.
Decidió desaparecer para empezar de nuevo en algún lejano lugar, pero antes le entregó a su ya exmujer para que pudiese subsistir con el hijo que venía, lo único que le quedaba de valor, y era una bolsita de terciopelo rojo con cierta cantidad de valiosos diamantes, herencia ancestral de su familia.
Pasaron los años, y el fracasado joyero volvió a levantar cabeza, e intentó por todos los medios a su alcance contactar con su anterior pareja y su descendiente, pues hasta ignoraba si era varón o hembra, y viendo que pasaba el tiempo y no lograba conocer el paradero de ella, encargó a una empresa de detectives su localización.
Apareció en la otra punta del país, tenía una hija de ocho años que se llamaba Ana, y se había casado con un afamado abogado.
Puesto en contacto finalmente con ella, pidió y rogó de todas las formas posibles conocer a su hija, pero sólo encontró negativas, y acusaciones con insultos y amenazas.
                                                                            


Había constatado que su hija bajaba a ese parque en compañía de una señora sudamericana, y un nefasto día se atrevió a llamarla: “Ana, soy tu padre”.
La niña se asustó ante este desconocido y empezó a gritar llamando a su tata, ésta también empezó a pedir socorro pensando que le querían raptar a su niña, acudiendo gran cantidad de gente que empezó a pegar a Eustaquio con todo: patadas, puñetazos, piedras, palos, etc. Llegaron varios obreros de una obra cercana y la emprendieron a martillazos con él, y al intentar escapar en su último halito de vida, un seguridad le disparó a quemarropa causándole la muerte inmediata.
Su última palabra fue: “Ana, hija…” con la única foto que tenía de ella apretada en la mano.
¿A quién culpamos del asesinato de esta persona al que sólo movía el humano cariño por su hija?
Linchar y después preguntar. Ustedes mismos.


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