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domingo, 21 de septiembre de 2014

Santi "Lorenzo"


(Dedicado a mi nieto)

Como casi cada domingo en la mañana, salimos toda la familia a dar un paseo, tomar el aperitivo y que mis nietos se “desbravaran” lo suficiente como para que luego durmieran siesta.
De todos es sabido la afición de mi nieto Santi por los coches y las motos, pero lo que pasó ese día nos dejó atónitos y dándoles gracias a Dios y a los Santos por que no había ocurrido nada irreparable.
                                                                        


Sucedió que cruzábamos el último semáforo antes de llegar al parque, cuando mi yerno se paró con un amigo que iba conduciendo una gran moto, y mi pequeñín no paraba de decirle al padre que lo subiese a la máquina, y tan pesado se puso que el amigo cogió a Santi y lo montó en el enorme artefacto, que por cierto estaba arrancado, enseñándole al niño como se aceleraba y frenaba mientras este reía contento.
Ellos siguieron hablando mientras contemplábamos al muchachito feliz, cuando en un momento de distracción el niño aceleró y la moto salió disparada con el crío como único piloto.
                                                                         


Nos quedamos todos de piedra, pero al momento salimos  corriendo detrás del artefacto que había iniciado su carrera a través del césped, menos mal, y nosotros gritábamos para que el niño parase y avisábamos a gritos a cualquiera que pudiera estar en la trayectoria de la moto, pero aunque esta iba desacelerando por efecto de una subida, cuando llegó a lo alto volvió a coger cierta velocidad e iba directo hacia una zona de artilugios infantiles donde jugaban algunos niños.
Ya todo el parque estaba pendiente de Santi y de la moto que empezó a hacer eses sin que nadie la dirigiese, pues el chico iba riéndose a carcajadas disfrutando el momento sin atender a las personas cercanas ni lejanas, aunque ¿Qué iba a hacer él si era la primera vez que se encontraba en esa situación?
                                                                       


Pero el momento álgido llegó, cuando antes de llegar a los juegos del parque del que los niños, por cierto, habían desaparecido, una barrera de setos se interponía para llegar a estos, por lo que fue lo que frenó a la moto que cayó hacia un lado y el niño saltó limpiamente por encima, hasta aterrizar sin daños en una piscina de blanda arena, en donde siguió riéndose como si nada.
La madre fue la que llegó primero y lo abrazó llorando, el padre aún jadeante le reñía y la abuela era la más perjudicada, pues la tuve que sacar de un ataque de nervios.
El dueño de la moto recogió ésta e hizo mutis por el foro por si acaso le echábamos la culpa a él, y nosotros nos dirigimos poco a poco hacia un bar cercano para aplacarnos y acabar de serenar a la abuela, que ahora lloraba como una Magdalena ante la mirada del niño, que con tres añitos, no sabía el por qué de nuestro enfado y lloros.
                                                                       
   

Bueno,  pues  lo único que espero visto lo visto, es que ya que Santi apunta maneras de campeón de motociclismo, llegue a ser un día un Jorge Lorenzo cualquiera, aunque la familia se ataque de nervios y lloros.

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