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sábado, 13 de septiembre de 2014

El cotilla que vio una tragedia

Habían trasladado a mi hijo Alberto a Madrid, y nos habían dado provisionalmente y hasta que encontrara piso, un apartamento en un céntrico apartotel cercano al Paseo de la Castellana, y aquí estábamos para echar una mano en lo que se nos requiriera.
Me encontraba sólo a la caída de un día casi otoñal, cuando salí a la terraza a fumarme un cigarro, pues era la única zona en que me permitían mi asqueroso vicio  perjudicial, cuando me entretuve mirando los ventanales de los pisos de enfrente, y mi vista se paró en una ventana donde se veía a una pareja, el bien vestido con traje y corbata, y ella en bata de casa, pareciéndome que ambos mantenían una discusión bastante brusca, pues ella en un momento dado propinó una tremenda bofetada al que parecía su pareja.
                                                                         
    
Mi curiosidad pudo más que mi prudencia, por lo que cogí unos prismáticos que tenía mi hijo en su dormitorio para mejor ver qué ocurría  allí.
Empecé a mirar en el momento que parecía que la bronca se había aplacado, y que él cogía un pequeño maletín y se marchaba.
Ya sólo veía un televisor encendido, pero al enfocar la entrada del edificio, vi como el hombre trajeado salía y se metía en un coche aparcado cerca, pero que no se marchaba.
Estaba enfocando la ventana por última vez antes de marcharme, cuando vi como la mujer que había visto anteriormente, se abrazaba a un joven muy alto en ropas deportivas que al parecer acababa de llegar, y se fundía con él en un fuerte abrazo y ambos se echaban en un sofá o lo que parecía una cama cercana.
                                                                     


Durante un rato no veía sino el encendido televisor, pero no quería marcharme sin ver si aquello terminaba de alguna forma, por lo que encendí otro pitillo y mantuve mi voyerismo en espera.
Apenas transcurridos diez minutos, apareció en mi cristalera espiada nuevamente el personaje que había visto meterse en el coche aparcado, pero ahora venía sin maletín pero con un revolver que apuntaba a un sitio que yo no veía, pero al momento la mujer se levantó de donde estaba y escuché claramente una detonación y observé como la joven caía, pero en ese mismo momento, el chico que estaba con ella apareció en la acción totalmente desnudo y con un enorme cuchillo, abalanzándose sobre el del arma, sonando otro disparo, y cómo el trajeado tiraba o se le caía la pistola y se acercaba a la ventana ensangrentando los cristales con las manos, para caer a continuación.
                                                                      


Ya no se veía a nadie, sólo el televisor encendido que salió de mi visión cuando alguien cerró de golpe las cortinas.
Todo estaba tranquilo, parecía que solo yo había presenciado esta tragedia, de forma que apelando a mí deber ciudadano, marqué el 112 y expliqué lo que había visto.
No pasaban de tres o cuatro minutos, cuando un enjambre de coches de la policía nacional, municipales en coches y motos, y tres oscuros coches de los que bajaron lo que yo entendí, como inspectores de policía. Ah, y dos ambulancias.
La calle había quedado totalmente cortada por la policía local, y un sinnúmero de curiosos lo abarrotaron todo de momento, y yo permanecía en mi observatorio a la espera de acontecimientos.
Lo siguiente que vi, fue a un señor que descorriendo las cortinas y abriendo los ventanales, me hizo señas para que bajara hasta el portal y lo esperara, lo cual realicé de inmediato.
Llegué a la barrera improvisada, y le indiqué al agente que me esperaban, llamando este a un compañero para que me acompañara hasta el sitio.
                                                                       


Lo primero que me extrañó es que las camillas salían vacías, y ya no pude ver más, pues el inspector que se me identificó y me había hecho señas desde la ventana, me apartó del tumulto cogiéndome del brazo, hasta llegar a la esquina de la calle donde nos paramos.
-Ha sido una falsa alarma. ¿Usted fue quien llamó, no?
- Pues sí, y lo que vi fueron seguro varias muertes o gente muy mal herida.
- Lo que usted vio, me dijo con una media sonrisa, fue el rodaje de un video casero, y sin muertes ni malheridos. Rodaban un corto para un concurso en Chinchón, que por cierto si lo quiere ver por internet se llama: “Odio, celos, malos tratos y quizás muerte”.
Me quedé de piedra ante la noticia recibida, pues para una vez que podía haber sido útil, era todo un chasco del que me sentía bastante ridículo. Eso sí; me pidió que cuando me viniera bien pasara por la comisaría más próxima para hacer un informe completo de lo que me hizo llamar a “emergencias”.
Puedo jurar que no conté nada a nadie ni siquiera a mi familia, pues no quería servir de cachondeo de la plebe, pero al día siguiente algún periódico lo publicó en plan de coña marinera.

Esto me pasó por cotilla y mirón, y me lo tengo merecido, pero siempre me queda el regusto de que si hubiese sido verdad, sería un envidiado ciudadano.

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