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martes, 10 de febrero de 2015

La desgracia habita en los pobres

Huyendo del Salvador, donde la convivencia se había hecho insoportable, llegaron a España siendo muy jóvenes con lo justo para empezar una nueva vida, ya que habían venido ambos con contratos de trabajo en una gran constructora, donde Linda licenciada en lengua inglesa y alemana trabajaría de secretaria de dirección, y Walter como técnico encofrador.
                                                                     


Habían comprado una pequeña casa en una urbanización a las muy afueras de Madrid cuando el bum inmobiliario estaba en todo su apogeo, pero cuando reventó la burbuja inmobiliaria, las empresas donde trabajaban ambos tuvieron que cerrar arruinadas, por lo que perdieron su trabajo y desde entonces andaban trampeando ocupados en múltiples cosas en empresas clandestinas, pero la crisis había llegado hasta para la economía sumergida.
A todo esto, se habían casado hacía unos años y tenían un crío de dos años y una niña de tres, por lo que estaban muy preocupados por su futuro, ya que habían quemado sus naves y no podían volver a su país de origen, donde por otro lado estarían en la misma o en peor situación que aquí.
                                                                    


En esta estaban, cuando para no perder su casa por impago de los plazos de la hipoteca, habían llegado a un acuerdo con el banco para que no los echara. Este, congelaba la hipoteca hasta que pudieran pagarla, eso sí, con sus intereses correspondientes, y les cobraba un alquiler social de 450 €.
Pero llegaron a encontrarse en una disyuntiva; que o pagaban la luz para que no se la cortaran, pues debían 189 €, o comían, y como bien entenderéis escogieron esto último, por lo que cuando llegaba la noche, encendían velas y se acostaban los cuatro en la misma cama cubiertos por un edredón con guantes, bufandas y vestidos, pero la ola de frío que llegó a principios de febrero, hacía las noches para los niños insoportable.
                                                                    


Sus padres les hablaban hasta que se dormían abrazados para darles su calor, contándoles historias de su lejana tierra mezcladas con princesas, caballeros, nomos y duendes, hasta que venía el nuevo día y les preparaban un gran vaso de leche con Cola-Cao y pan con manteca o aceite, que casi era la mejor comida del día para los niños, ya que ellos sólo comían lo que les sobraba a ellos.
Uno de esos días de nevadas y frío, Walter se encontró junto a un contenedor, un calentador de los de bombona de gas butano, que después de arreglarlo, funcionaban medianamente dos de sus tres fuegos, por lo que pidió prestada a su vecino Juan, la bombona para calentarse por la noche, con la promesa de devolverla a las siete de la mañana para encender este la cocina.
                                                                    


Esa noche descansaron como siempre abrazados debajo de las mantas, pero mucho más calentitos, por lo que todos se durmieron casi inmediatamente, aunque por desgracia no despertaron.
Cuando por la mañana su amigo fue a rescatar la bombona de gas, entró sin llamar para no despertar a nadie, encontrándose con que había un enorme olor a gas en toda la casa, y que sus amigos y sus hijos habían fallecido al inhalar este veneno, en lo que se llamaba “la muerte dulce”.
De nada sirve llorar por esto o lamentarse, si no somos capaces de poner remedio a tanta desgracia que siempre se ceba en los mismos.
A veces te preguntas, “la justicia humana no existe, pero ¿Existe justicia divina?”



                                                                      
  

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