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domingo, 21 de junio de 2015

Jubilado

Llevaba unos años en descanso obligado después de toda la vida trabajando duro, pues en los tiempos en que era un hombre activo pasó por varios trabajos, debido a que en la última gran empresa en la que estuvo, lo despidieron a los 43 años, y al no encontrar trabajo en lo que había hecho siempre, montó varios negocios por lo que ya fue autónomo hasta su jubilación, por lo que con las matemáticas de los últimos años cotizados, le quedó una pensión bastante exigua para todo lo que había pagado con sus nóminas.
Vivía solo en un piso de su propiedad, (sus ahorros de toda la vida), pues aunque sus hijos querían que habitara con ellos, a él su independencia le parecía fundamental.
Gran aficionado a los libros desde siempre, poseía una enorme biblioteca aunque en los últimos tiempos compraba pocos libros, estaban carísimos, y siempre en ediciones de bolsillo o en mercadillos de segunda mano.
Pasaba por todas las bibliotecas públicas a su alcance para abastecerse de lectura, su único vicio, pues hasta del tabaco se había quitado y no por prescripción facultativa, sino porque el peculio no le alcanzaba.
                                                                     


Estricto en las comidas y bebidas ya que los gastos fijos no le permitían ningún dispendio, aunque no renunciaba a Internet ni a su teléfono fijo, esta última exigencia de su prole, ya que el móvil lo devolvió por no poder pagarlo.
Su entretenimiento aparte del anteriormente descrito y el de visitar gratis todo lo que a su condición de jubilado se le pusiese a tiro, eran sus largos paseos sólo o con sus nietos que verdaderamente le hacían renacer en ánimos y juventud, pues se identificaba perfectamente con los jóvenes que le aportaban un aire nuevo que él absorbía como vitaminas, y a los que siempre les decía lo mismo:
”Aprovechad todas las oportunidades que se os presenten en la vida. El único tiempo es el presente”.
                                                                           
 

No le interesaban ni la política ni el deporte, lo único que veía en televisión eran algunas series y películas del “Viejo Oeste”, con las que disfrutaba.
Y así era feliz. No necesitaba más, aunque tampoco podía vivir con menos, ya que su pensión prácticamente estaba congelada a pesar de todo con lo que había contribuido a “papá estado”.
Quería no morirse nunca sin ver otra vez la caída de las hojas, ni  oler cada vez las rosas en primavera, volver a paladear el jugo de una buena naranja, o probar lo último en artilugios audiovisuales.
                                                                            


Se le veía alegre y entusiasta.
¿Quién dijo que la vejez era triste? Mentira, y si no ved la mirada de mi amigo Eugenio.


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