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lunes, 5 de octubre de 2015

Malditas sean las guerras

No había ninguna realidad en su cabeza y de todas formas le daba igual, no quería ver la horrorosa  certeza tallada a fuego en su mente, en un rincón inolvidable a pesar de su negación de los hechos. Nada le parecía creíble.
                                                                     


Sentado en la hamaca playera, en el porche del bungaló cercano a la playa, ni se acordaba de qué mar, ni de qué maldita costa, ni falta que hacía.
Se rellenó el vaso de whisky, ya que era lo único que le desdibujaba la mente y se la dejaba vacía por unos momentos. Había empezado a llover con furia en aquel lugar de cualquier parte, y la rabiosa tormenta le mojaba las piernas, pero no tenía ganas de retirarlas. Que más daba.
                                                                    


Y nuevamente el dañino recuerdo de volverse de la guerra harto ya de muertes inútiles y heridos condenados, de caos donde nadie distinguía al enemigo, de un todos contra todos, y aunque dejando atrás a las dos únicas personas que le importaban, o mejor dicho, que le concernían en algo, literalmente huyó, dejando en aquella mierda a su hermano y a su mujer, su amor de siempre, médicos de aquella ONG en que los tres  se embarcaron huyendo de la realidad aburrida de sus complicadas vidas, y aunque él sabía que estas dos personas, a las que tanto había querido, estaban juntas a sus espaldas en sus prolongadas ausencias de conferenciante, fenómeno de la cirugía, hacía tiempo que lo había asumido y le daba igual. Bueno, igual no, pero quería convencerse de que así era.
                                                                       


No. Se negaba a recordar. Pero las lágrimas ausentes en otras ocasiones, fueron las culpables de sentir en su corazón la rotura de esas vidas ¿Queridas? ¿Amigas? ¿Culpables?, que los bombarderos estadounidenses se llevaron para siempre, junto a aquel hospital perdido en las montañas de Afganistán, junto a otros compañeros y muchos pacientes, a quienes por supuesto, no se les preguntaba por su religión o por su pertenencia a este grupo o a aquel. Simplemente intentaban curarlos, coserles las heridas físicas y ayudarles en las penas de sus almas atormentadas. Nada más.
                                                                       


Muertos por fuego “amigo”, dijeron los matadores. ¿Puede la muerte ser amiga de alguien?
La furia de las aguas repiqueteando en la tarima, se confundían con las lágrimas de aquel hombre solo. Tremendamente despojado de todo. Solo.
                                                                      


Malditos los hombres que matan a hombres, aunque los grandes culpables sólo se enteren por la prensa. Ellos venden las armas que mataran a otros, pero no se sienten culpables. El que las utiliza tampoco, pues recibe órdenes y solo planifican donde caerá la muerte, y sólo la suerte hace que hoy no te toque a ti, que el proyectil o la bomba le toque a otro.
Con la muerte nadie se identifica, aunque los culpables saben que lo son.

¡Malditos sean por siempre! Y maldita sean las guerras. Todas las guerras.

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