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sábado, 3 de septiembre de 2016

Odio en mis adentros

Si me llegara con los dientes me mordería por dentro; en tal estado estoy que voy a implosionar si no largo todo lo que me obstruye las arterias anímicas. Lo vomito.
Hacía dos años que nos habíamos unido en matrimonio (que no para siempre)  Toñito y servidora, y como este año podía, pues la puta crisis me tenía de indefinido tiempo sabático en la gestoría, decidí agasajar a mi santo con una esplendorosa cena.
                                                                  


Después de deslomarme los juanetes durante tres horas en mercados  y tiendas, decidí el menú, y hasta me tomé un café y me compré un bolso para celebrarlo, total con el pastón que me había gastado con la Visa, no se notaría el estipendio.
A todo esto ya le había anunciado a mi maridito la orgía gastronómica, (la otra ya veríamos), y le dije con diplomacia saudí que por favor se abstuviese de comentarle nada a su progenitora si quería una cena sin nucleares.
A primera hora de la tarde me metí en harina para que no faltase ni un perejil. Preparé un surtido de rollitos ahumados rellenos de diferentes manjares que no se lo preparan ni al Obama, una carne rellena de pasas, pistachos y trufa blanca con salsa agridulce al Oporto, y de postre el dulce favorito y raro que disloca a mi señor y amo: la tarta de ciruelas y sidra.
                                                                       
 
Con 115 minutos de antelación estaba todo preparado, y yo relajadamente me serví una copa de vinito blanco antes de emperifollarme, pensando en lo raro que era que no hubiese llamado la orca asesina de mi suegra, cuando sonó el video portero. Si, era ella.
Entró como un siroco del Sahara, sin decir ni buenas tardes y anunciándome que: “Vengo a preparar la cena para que hoy, por lo menos hoy, SU aniversario de bodas, coma decentemente mi niño”.
                                                                      


Y yo cínica de mí, con la mejor de mis impostadas sonrisas, le dije: “Huy, pues yo he preparado ya un ágape que ya quisiera para si el Adriá”.
“Quita, quita. A ver” Y dicho esto se metió en la cocina empezando con su airada inspección  despanzurrándome los rollitos y probando “a dedo” su contenido, para continuar abriéndome el redondillo en canal, para acto seguido y con sus cuidadísimas uñas francesas, empezar a sacarme todo el relleno al grito de: “Esto es incomible para mi hijo, ¿Pero qué desastre es este?” Y diciendo esto se abrió la botella que tenía reservada en el frío de un carísimo Albariño para ponerse una copa, mientras yo en la puerta de la cocina y con ojos como platos me quedaba sin reaccionar cual estatua de marmolina, ante aquel premeditado tsunami.
Me encerré en el baño con el móvil y llamé a mi marido para contarle a lágrima viva lo que estaba pasando, y a la segunda vez que me pidió paciencia, le colgué.
                                                                


Cuando por fin pude controlar mis jipíos y secar mis tristezas, me decidí a salir; abriendo la puerta de la calle y señalando con un gesto las afueras sin mirarla, sólo dije señalando cual Colón hacia el oriente: “Fuera”, saliendo acto seguido de mi terreno aquella cobra entre amenazas y tan rebuscados improperios que hubiesen sonrojado a un vasco.
Me serví un güisqui doble y empecé a evaluar el desastre, aunque no tocaría nada, quería que el hijo de aquella bruja lo viera todo; no quería ahorrarle sufrimientos, por lo que me quedé con los ojos cerrados sentada en la cocina, hasta que escuché la puerta y a mi esposo que entraba diciendo: “Me ha llamado mi madre y …” y se quedó con sus ojos saltones casi fuera de las órbitas al contemplar aquello, sin palabras, sin gestos, casi no se atrevía ni a respirar.
                                                                     


Por fin se acercó a mí y me abrazó, y yo ya que estaba, seguí llorando histéricamente, aunque me fui tranquilizando poco a poco, sobre todo cuando mi angelito me prometió que cenaríamos fuera.
Estuvimos toda la velada intentando soslayar los acontecimientos de la tarde, pero después de hacer el amor y considerando ya el momento propicio, le hice jurar que su mamaíta ya no volvería a pisar mi casa o pediría al juez que dictara una orden de alejamiento forzoso, pero otorgándole, magnánimamente, permiso para que fuese a verla cuando quisiese. Buena que es una.
Y si fuimos felices o no, aquel engendro antediluviano no se enteró, al menos por mí.


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