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sábado, 13 de febrero de 2010

MALTRATO

Prometí que no lo contaría, ya que fui Director del Reformatorio de Menores en Córdoba, pero tengo que decírselo a alguien.
Se llamaba Manuel y nació en Sevilla hacia la mitad del pasado siglo. Su padre D. Álvaro y su madre Dña. Rosario tenían cuatro hijos, Manuel era el tercero. Familia de dinero, pero las juergas, vicios y malos negocios de D. Álvaro, lo llevaron a la ruina.
Cuando ya no tenía nada con que sacar adelante a su familia, solo acreedores, montó una pequeña cafetería que llevaban entre sus dos hijas y el. Los pequeños, Manuel doce años y Daniel once, echaban una mano en lo que más que poder, se les exigía.
Cada mañana Dña. Rosario levantaba a los pequeños a las siete y media de la mañana, pues a las ocho se iban con D. Álvaro a misa de ocho, y después se desayunaban pan con manteca, y los domingos churros.
Su trabajo en la cafetería iba desde rellenar las neveras con los refrescos, llenar bolsas de celofán con caramelos o bombones y en verano preparar los enfriadores para los helados, ya que aún no eran eléctricos y había que prepararlos a base de hielo picado y sal.
A las nueve y media se iban al colegio cercano. Manuel era un estudiante regular y su hermano peor, pero era a Manuel al que siempre se le exigía más. Esta exigencia empezó a desmotivar al niño, y ya no solo fallaba en los estudios, sino que en el trabajo de la cafetería hacía pequeñas “putadas” para vengarse de los guantazos y castigos con que su padre lo prodigaba.
Llegó un momento en que Manuel protestaba y respondía a todo, en algunos casos solo por joder.
Un nefasto día del mes de Julio estando Manuel picando hielo, le afeó a su padre que cogiera helado usando los dedos. ¿”No te dá vergüenza el ejemplo que nos dás”?
La respuesta no se hizo esperar, y llegó en forma de puñetazo a la cara de Manuel.
Pasados algunos minutos, este se levantó, cogió el pincho del hielo con la mano derecha y con la izquierda cogió a su padre por el cuello y clavando el pincho a pocos centímetros de su cara le dijo. “Si me vuelves a tocar te mato”.
“Fuera de mi vista asesino”, le dijo al niño.
Manuel se fue al colegio muy nervioso. Su padre mientras tanto había hablado con su amigo Felipe, inspector de policía, y a la salida del colegio, un policía le puso unas esposas a Manuel y se lo llevó. Tenía catorce años.
Yo sé todo lo que pasó en el Reformatorio al que fue conducido Manuel después de que el juez y el fiscal lo acusaran de intento de asesinato.
Manuel acabó los estudios de bachillerato superior con muy buenas notas. También creó con veinte libros una incipiente biblioteca en el Centro.
Estaba a punto de cumplir diecisiete años, cuando un día lo llamé al Despacho de Dirección.
“Manuel, su padre ha muerto. ¿Quiere usted asistir al entierro?”
“No. Que se joda. A mí me mató hace años”.
Al poco tiempo de aquello lo llamé de nuevo al despacho:
”Manuel el jueves es usted libre de irse donde quiera. Su condena ha cumplido”.
“¿Y dónde voy señor?”
“Le quedan su madre y sus hermanos. Si usted les escribiera pidiendo perdón, seguro que podría volver a su casa”.
“¿Perdón por qué? ¿Por su olvido? ¿Por su orgullo? ¿Mi madre…? Ella murió con mi padre. Jamás recibí de ella ni un gesto de cariño”.
“Venían a verle y usted jamás consintió una entrevista. Le escribía su hermano pequeño y nunca abrió una carta”.
“Me mataron en vida. Tenía catorce años y me lo arrancaron todo. Yo era solo un niño rebelde y me trataron como a un delincuente. ¿Se imagina? ¿Tiene usted hijos? Tráigalos aquí. ¿Lo haría?”
Después de una larga pausa en la que el Director miraba hacia el patio del Reformatorio, se volvió y le dijo:
“Venga a comer y dormir aquí hasta que encuentre algo. En la oficina le darán el dinero que hay en su cuenta”.
Cuando salió de aquel sitio, no entendía nada. La gente lo miraba, ya que su ropa no se parecía en nada a la que veía.
Se metió en unos Grandes Almacenes y le dijo a un dependiente:
“Vístame Entero. Este es el dinero que tengo”.
Se llevó mucho tiempo deambulando por la ciudad pidiendo trabajo. Al final lo consiguió en un restaurante de la zona del Diamante. Trabajaba de “sol a sol”, por muy poco dinero, pero podía quedarse a dormir en el almacén. Poco después le dijeron que en Alemania se ganaba mucho y se podía ahorrar.
Sacó su pasaporte y con un hatillo de ropa y veinte duros se fue a Múnich.
El ambiente era horroroso. Sin hablar el idioma y sin trabajo. Pero empezó a trabajar de pintor y luego de albañil y ya no paró. En un año ahorró buenas pesetillas.
Cuando volvió a España, le concedieron una beca y empezó a estudiar Derecho. Sobrevivía gracias a las traducciones del alemán y a sus ahorros. Acabó derecho, conoció a Rocío y se casaron.
Rocío tenía una empresa de traductores y entre los dos se mantenían. Al año y medio tuvieron a su hijo Tomás.
Mientras tanto Manuel, estaba obsesionado en sacar las oposiciones a juez. Seguía trabajando en todo lo que le salía, pero ya podía escoger.
Ganó las oposiciones y pidió un juzgado de menores. Quería demostrar, ¿A quién? Que las cosas se podían hacer de otra manera.
Era un juez de referencia en toda Europa cuando se trataba de hablar de menores.
Un día, al volver a casa, se encontró con que a su hijo adolescente de dieciséis años un amigo le hacía una felación.
Cogió a su hijo por los pelos y lo estrelló contra la pared. El amigo salió corriendo.
Manuel se fue a su despacho y se sentó en su butaca con la mente totalmente obnubilada y estaba preguntándose qué pasaba, cuando su hijo le puso una navaja en el cuello y le dijo:
“Si me vuelves a tocar te mato”.

J.M. Sánchez de Ibargüen R.
19 de Mayo del 2009

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